¿Cuál es el mejor modo para preparar a nuestro hijos y que den su propio «fiat» a la llamada vocacional de Dios? He aquí algunas sugerencias prácticas:

1. Hacer que el discernimiento vocacional forme parte de su vida desde temprana edad. Desde el momento en que nuestros hijos fueron lo suficientemente mayores para que se les preguntara «¿Qué quieres ser de mayor?», les instamos a escuchar la llamada de Dios. Yo incluso escribí un pequeño libro para mis hijas de preescolar, para que empezaran a pensar en su discernimiento vocacional.

2. Facilitar que los hijos conozcan a personas que han respondido a la llamada a la vida religiosa. Siempre hemos invitado a sacerdotes, religiosas y religiosos a nuestra casa para que interactúen con nuestros hijos. Los niños tienen muchos ejemplos de personas que han respondido a la llamada de Dios al matrimonio, pero a menudo ven la llamada a la vida religiosa como una llamada para «gente especial, pero no para ellos». Dejad que pasen tiempo con religiosos, hombres y mujeres, para que vean que son gente normal (como ellos) que lo único que hicieron fue sencillamente responder a la llamada de Dios a esa vocación, perfecta para ellos.

3. Facilitar que los hijos conozcan a personas llamadas a una vida de celibato. Esta puede ser la vocación más difícil en la que encontrar amigos, pues nuestra cultura mayormente asume que las únicas dos vocaciones son la vida religiosa o el matrimonio. Pero algunas almas son llamadas por Dios a vivir en el mundo como célibes, sirviendo a través de Cristo a sus amigos, familia y compañeros de trabajo. Somos afortunados de que algunos de nuestros amigos más cercanos son hombres y mujeres solteros que les explican a nuestros hijos la alegría que es para ellos crecer en la relación con Jesús, sobre las otras relaciones.

4. Ver películas y leer historias acerca de todo tipo de vocaciones y discutir sus elecciones. Hay estupendas películas sobre santos que fueron llamados a la vida religiosa, pero hay también santos que vivieron como solteros y matrimonios. ¡Ved películas de todos los tipos!

5. Enfatizar que el modo cómo nosotros trabajemos para nuestra salvación debe ser sobre todo una decisión de Dios. Cuando tu hijo te dice: «Quiero ser piloto cuando sea mayor», respóndele «Sí, Dios puede llamarte para esto». O si tu hija dice: «No quiero ser monja», di simplemente, «Creo que lo único que tenemos que hacer es esperar y ver qué vocación Dios reserva para ti, ¿no crees?» No anules su entusiasmo por su futuro, deja que disfruten de las posibilidades, como hicimos nosotros. Pero al mismo tiempo reitera con delicadeza que Dios es el que debe ponemos en el camino justo.

6. Rezar como familia por las vocaciones. Por todas las vocaciones. Incluid oraciones por los sacerdotes y religiosos y religiosas, pero también oraciones por los matrimonios y los célibes, para que crezcan en santidad. El mundo está intentando por todos los medios convencer a nuestros hijos de que el único camino para conseguir la plenitud es una relación romántica y sexual, por lo que es necesario que nos aseguremos de que nuestros hijos entienden que Dios ama la diversidad y tiene un plan único para cada uno de Sus hijos. Y por último…

7. Entrenar a los hijos a que escuchen la llamada vocacional de Dios. Cada noche, nuestros hijos rezan una simple oración: «Querido Jesús, deseo lo que Tú deseas para mí». Siempre que tienen una dificultad les decimos que se la ofrezcan a Jesús. Nuestra esperanza es que con el tiempo se convierta para ellos en algo automático consultar a Dios cualquier decisión. Este acto reflejo de preguntar a Dios que les guíe es el que les proporcionará mayor ayuda cuando llegue el momento de tomar las decisiones serias sobre su vocación como adultos.

Fuente: Religión en Libertad (Pinchar para leer el artículo completo)


misty Misty, la autora de este artículo, se convirtió al catolicismo desde el ateísmo hace 13 años. Antes de convertirse en madre y ama de casa había trabajado a tiempo completo como escritora y editora de una revista. Lleva casada con su mejor amigo casi veinte años y espera seguir a su lado algunas décadas más. Sus días se dividen entre la cocina, hacer la colada, ser escritora freelance y educar en casa a sus cinco hijos. Después de pasar gran parte de su vida en una oscuridad espiritual, revela la alegría de ser católica. Sin duda alguna, para ella el don más grande que le ha hecho el Señor ha sido salvarla de una vida sin Él.

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