¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?

Con esta pregunta retórica y desdeñosa culmina Caín su pecado contra su hermano Abel en el capítulo cuarto del libro del Génesis. No solo se ha separado de él, sino que lo ha odiado, lo ha matado y ha pretendido olvidarlo: por todo ello Caín es conocido por todos como uno de los grandes pecadores de los orígenes, presentándose no solo como arquetipo negativo, sino también como riesgo real para cada persona.

Y, cómo no, también lo es para los seminaristas. Cuando entramos en el seminario, ganamos nuevos hermanos y esto es un auténtico don. También comenzamos un nuevo ritmo de vida, entramos en una nueva dimensión de oración, hacemos una nueva escala de valores… Todo esto son verdaderos regalos del Espíritu Santo, motivo de acción de gracias diaria. Pero yo no dejo de ser Alex Andreu Luzarraga, y mis hermanas siguen siendo Luisa e Inés.

Si hablo de hermanos y no de la familia entera es porque, aun siendo toda la familia el primero de los dones, nadie corrige, comprende y apoya como un hermano. Nos hemos peleado y hemos confiado, nos la hemos cargado juntos y hemos sido los mayores cómplices.

Todo esto que hemos sido, sigamos siéndolo, por favor. Porque seguimos la llamada del Señor, y de todo corazón queremos hacer el mayor bien para la Iglesia y para el mundo y, no obstante, “llevamos este tesoro en vasijas de barro” (2 Cor 4,7). Somos frágiles y no hemos dejado de ser quienes hemos sido con vosotros: vosotros, hermanos, mejor que nadie podéis conocer todas nuestras capacidades y limitaciones. Sabed que vosotros sois nuestros guardianes. Y, sobre todo, sabed que os queremos más que a nuestra propia vida.

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