Autenticidad de vida #PapaFrancisco

Continuamos con la 3a parte de nuestra reflexión sobre las palabras del Papa Francisco en el encuentro con los seminaristas, novicios y novicias el sábado 6 de julio de 2013 (Sala Pablo VI, Roma).

Para ser testigos felices del Evangelio es necesario ser auténticos, coherentes. Y esta es otra palabra que quiero deciros: autenticidad. Jesús reprendía mucho a los hipócritas: hipócritas, los que piensan por debajo, los que tienen —para decirlo claramente— dos caras. Hablar de autenticidad a los jóvenes no cuesta, porque los jóvenes —todos— tienen este deseo de ser auténticos, de ser coherentes. Y a todos vosotros os fastidia encontraros con sacerdotes o religiosas que no son auténticos.

Esta es una responsabilidad, ante todo, de los adultos, de los formadores. Es vuestra, formadores, que estáis aquí: dar un ejemplo de coherencia a los más jóvenes. ¿Queremos jóvenes coherentes? ¡Seamos nosotros coherentes! De lo contrario, el Señor nos dirá lo que decía de los fariseos al pueblo de Dios: «Haced lo que digan, pero no lo que hacen». Coherencia y autenticidad.

Pero también vosotros, por vuestra parte, tratad de seguir este camino. Digo siempre lo que afirmaba san Francisco de Asís: Cristo nos ha enviado a anunciar el Evangelio también con la palabra. La frase es así: «Anunciad el Evangelio siempre. Y, si fuera necesario, con las palabras». ¿Qué quiere decir esto? Anunciar el Evangelio con la autenticidad de vida, con la coherencia de vida. Pero en este mundo en el que las riquezas hacen tanto mal, es necesario que nosotros, sacerdotes, religiosas, todos nosotros, seamos coherentes con nuestra pobreza. Pero cuando te das cuenta de que el interés prioritario de una institución educativa o parroquial, o cualquier otra, es el dinero, esto no hace bien. ¡Esto no hace bien! Es una incoherencia. Debemos ser coherentes, auténticos. Por este camino hacemos lo que dice san Francisco: predicamos el Evangelio con el ejemplo, después con las palabras. Pero, antes que nada, es en nuestra vida donde los otros deben leer el Evangelio.

También aquí sin temor, con nuestros defectos que tratamos de corregir, con nuestros límites que el Señor conoce, pero también con nuestra generosidad al dejar que él actúe en nosotros. Los defectos, los límites y —añado algo más— los pecados… Querría saber una cosa: aquí, en el aula, ¿hay alguien que no es pecador? ¡Alce la mano! ¡Alce la mano! Nadie. Nadie. Desde aquí hasta el fondo… ¡todos! Pero, ¿cómo llevo mi pecado, mis pecados? Quiero aconsejaros esto: sed transparentes con el confesor. Siempre. Decid todo, no tengáis miedo. «Padre, he pecado». Pensad en la samaritana, que para tratar de decir a sus conciudadanos que había encontrado al Mesías, dijo: «Me ha dicho todo lo que hice», y todos conocían la vida de esa mujer. Decir siempre la verdad al confesor. Esta transparencia nos hará bien, porque nos hace humildes, a todos. «Pero padre, he persistido en esto, he hecho esto, he odiado»…, cualquier cosa. Decir la verdad, sin esconder, sin medias palabras, porque estás hablando con Jesús en la persona del confesor. Y Jesús sabe la verdad. Solamente Él te perdona siempre. Pero el Señor quiere solamente que tú le digas lo que Él ya sabe. ¡Transparencia! Es triste cuando uno se encuentra con un seminarista, con una religiosa, que hoy se confiesa con éste para limpiar la mancha; y mañana con otro, con otro y con otro: una peregrinatio a los confesores para esconder su verdad. ¡Transparencia! Es Jesús quien te está escuchando. Tened siempre esta transparencia ante Jesús en el confesor. Pero ésta es una gracia. Padre, he pecado, he hecho esto, esto y esto… letra por letra. Y el Señor te abraza, te besa. Ve, y ya no peques. ¿Y si vuelves? Otra vez. Lo digo por experiencia. Me he encontrado con muchas personas consagradas que caen en esta trampa hipócrita de la falta de transparencia. «He hecho esto», con humildad. Como el publicano, que estaba en el fondo del templo: «He hecho esto, he hecho esto…». Y el Señor te tapa la boca: es Él quien te la tapa. Pero no lo hagas tú. ¿Habéis comprendido? Del propio pecado, sobreabunda la gracia. Abrid la puerta a la gracia, con esta transparencia.

Los santos y los maestros de la vida espiritual nos dicen que para ayudar a hacer crecer la autenticidad en nuestra vida es muy útil, más aún, es indispensable, la práctica diaria del examen de conciencia. ¿Qué sucede en mi alma? Así, abierto, con el Señor y después con el confesor, con el padre espiritual. Es muy importante esto.

Fuente: Vatican.va

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