¡Bienvenidos a los Juegos del Hambre!

En una parábola recogida por el evangelista San Lucas, Jesús cuenta que “el fariseo, de pie, oraba así: ‘Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás: ladrones, malvados y adúlteros. Ni tampoco soy como ese cobrador de impuestos. Ayuno dos veces por semana y te doy la décima parte de todo lo que gano.’ A cierta distancia, el cobrador de impuestos ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: ‘¡Oh Dios, ten compasión de mí que soy pecador!’” (Lc 18, 9-14).

Por medio de parábolas, Jesús explicaba situaciones y actitudes que afectaban directamente a quienes lo escuchaban. Sin embargo, parece ser que no siempre les llevaba a cambiar, y es que en ocasiones no comprendían dichas narraciones. Y no es que la gente fuera estúpida, sino que no se identificaban con las figuras evidentes y paradigmáticas de las parábolas. Y quizá otro tanto nos pase a nosotros en este Año de la Misericordia, puede que el significado profundo de la misericordia no llegue a nuestro corazón, no por estupidez, ni por mala voluntad, sino por no darnos cuenta, como ocurría con los seguidores de Jesús.

Juegos del Hambre
La protagonista de los sangrientos Juegos del Hambre aclamada por el público

Porque, a veces, pensamos que nosotros entendemos y que los demás no, comprendemos cómo se han de hacer las cosas y los demás no tanto, sabemos cómo ejercitar la misericordia y los demás no tanto o tan bien. En nuestra sociedad, en la que debemos autorrealizarnos hasta ser señores absolutos de nuestro destino, la soberbia crece y crece, y, al mismo tiempo, es imperceptible: es, por tanto, un monstruo muy peligroso. También dentro de la Iglesia, dentro de los cristianos, dentro de nuestros corazones, la soberbia puede anidar, disimulada con disfraces de buena fe e, incluso, disfrazada de misericordia.

Y es que ¿qué es la misericordia? ¿Es un don que Dios me da para empatizar, comprender y perdonar más allá de lo humano? Por supuesto que lo es, eso es innegable. Pero no sólo eso, porque la misericordia no sólo la ejerzo yo, sino que es ejercida por otros. No existo solamente yo en el mundo y, desde mi pedestal de existencia, perdono a los demás: los demás también existen y me perdonan a mí. Pero ¿me dejo perdonar? Aun más, ¿necesito ser perdonado?

Cada vez se pide menos perdón, ya que cada vez se tiene menos conciencia de culpa. Si hago algo mal, si no me entrego en mis quehaceres, si olvido algo, la culpa no es mía, sino que se la achaco a las circunstancias exteriores a mí: el despertador no ha sonado, el autobús no ha llegado puntual, la ducha se ha estropeado… y quizá sea cierto, claro. Pero si no es así, tampoco es mi culpa, sino que siempre lo es de otro, que me ha retrasado, que no me ha avisado, que me ha pedido algo… y si tampoco esta excusa nos sirve, atacamos al afectado por nuestra falta, creyendo que la mejor defensa es un buen ataque: la culpa es tuya por no habérmelo recordado, por no tener en cuenta lo atareado que estoy, por no pensar en mí, sino en ti… Y, así, la vida, aunque sea el Año de la Misericordia, se convierte en los Juegos del Hambre, donde mi objetivo primero y primordial es ser el último superviviente, y si para ello he de atacar a otros, sea.

hijo pródigo Murillo
Regreso del hijo pródigo (1668), Murillo

Tomando otra parábola de San Lucas (Lc 15, 11-32), conocemos al hijo pródigo, que vuelve a la casa de su padre tras haberse ido de mala manera y haber vivido aún peor. La figura del padre es ejemplo de inmensa misericordia, por supuesto, pero no olvidemos el gran valor del hijo, que pide perdón de corazón: “Padre, he pecado contra Dios y contra ti, y ya no merezco llamarme tu hijo”. No busca excusas, no dice “Me han engañado”, “La vida es muy complicada” o “En realidad, la culpa es tuya, que no me retuviste con tu autoridad”. No, el hijo se presenta ante su padre totalmente indefenso y, no menos importante, absolutamente inerme. Es incalculable su valentía al mostrarse tal como es y no como le gustaría que su padre -o sus criados, testigos de la escena- lo viera.

Este Año de la Misericordia lleva necesariamente vinculado el sobrenombre de Año de la Humildad. Nada hay más perfecto que la verdad, y las barreras, escudos y armas no dejan traslucir la realidad, la verdad. No temamos pedir perdón de corazón cuando sea necesario, ni a superiores (a padres, abuelos, jefes, encargados…), ni a iguales (hermanos, amigos, compañeros…) ni a los aparentemente más pequeños (hijos, empleados, ayudantes, niños…), porque pidiendo perdón desde el fondo del alma, nos presentamos tal y como somos, auténticas personas, verdaderos hijos de Dios. Nunca es tarde para negarse a participar de los Juegos del Hambre, pues, como dicen en las novelas, nadie gana nunca, sólo sobreviven.

Nadie gana los Juegos del Hambre
La ganadora de los Juegos del Hambre

alex andreu

Alex Andreu
Seminarista Diocesano de Bilbao
4º Filosofía-Teología (II Fase)

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