El siguiente domingo a la Epifanía celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, que como es sabido, da inicio a lo que se denomina la vida pública de Jesús y se lleva a cabo en el Jordán por Juan el Bautista, quien subraya que hay una gran diferencia entre el bautismo que administra Juan y el que administra Jesús. Mientras Juan bautiza con agua, Jesús bautiza en Espíritu Santo y fuego. Además, el relato del Evangelio, en este caso en la versión lucana, nos dice que una paloma, símbolo del Espíritu Santo, se posa sobre Jesús en el preciso momento en el que Juan le bautiza y a la vez una voz desde lo más alto lo consagra a su misión y señala su divina identidad, el Ungido enviado por el Padre a la misión. Su tarea es bautizar en el Espíritu como enviado por el Padre.

Juan el Bautista, en todo momento, adopta una actitud de humildad, al reconocer que no es digno de desatarle las correas de las sandalias, después de haber avanzado que otro más grande viene tras él. El servicio desde la humildad es el ir delante en vanguardia y dar más importancia a la misión que a uno mismo.

Por el Bautismo nos viene la salvación (Jn. 3,5) y así quedamos consagrados a Dios al convertirnos en templo del Espíritu Santo; sin olvidar que Dios quiere que todos los seres humanos se salven (1 Tm. 2,4). El Bautismo es la puerta de la Iglesia, el comienzo de la iniciación cristiana que continúa; por ese motivo, tanto adultos como niños, reciben así su primer sacramento. De este modo quedamos configurados en Cristo como sacerdotes por haber recibido el Espíritu Santo y quedar integrados en la misión eclesial derivada por el sacerdocio universal

Una vez concluido el proceso de iniciación cristiana, bien con la posterior administración de los sacramentos de la Confirmación y la Eucaristía, bien en una misma celebración todos estos sacramentos juntos, pasamos a ser titulares de una responsabilidad añadida, entre otras características y tareas. Nos hacemos responsables de nuestra misión personal en el seno de la misión universal de la Iglesia. Se trata de un ir hacia fuera en forma de apostolado. Toda la Iglesia es misión. Todos formamos esa misión.

Dios todopoderoso y eterno,

que proclamaste solemnemente que Cristo era tu Hijo amado

cuando fue bautizado en el Jordán

y descendió el Espíritu sobre él,

concede a tus hijos adoptivos

renacidos del agua y del Espíritu,

perseverar siempre fieles en el cumplimiento de tu voluntad.

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