El cura es un regalo compartido

Don a la Iglesia y a la humanidad

Si es verdad que ser cura es un regalo de Dios para quien asume y va madurando esa vocación a lo largo de su vida, no es menos cierto que se trata de un regalo destinado a la Iglesia, concretada en una comunidad, y, a través de ella, a la humanidad, especialmente a su parte más doliente y desfavorecida.

Don para servir

La vocación de cura es un regalo que afecta a la totalidad de su persona, pero no para ser retenido por ella, sino comunicado a los demás. Ser cura es también una encomienda, un encargo. En este sentido, concebir el ministerio primeramente como medio de santificación individual constituye una distorsión.

Hace siglos, la Iglesia prohibió las llamadas “ordenaciones absolutas”, es decir, aquellas que se entendían como honor, privilegio o beneficio individual, sin incorporación a una comunidad determinada.

Don para las personas más desfavorecidas

Se trata de compartir en primer lugar los que menos tienen. Lo que unifica la vida y la actividad del cura es lo que se denomina “caridad pastoral”. Indica precisamente el arraigo en el corazón del Buen Pastor, para entregar la vida compartiéndola con los demás, para comunicar asi la salvación de Dios, con especial dedicación a las personas más desfavorecidas material, moral y espiritualmente.

Cuando en la celebración de la eucaristía, el cura proclama “esto es mi cuerpo”, no sólo está actualizando la entrega de Jesús, sino expresando también su propia disponibilidad al servicio de la comunidad y de sus miembros más débiles.

Equivaldría a decir: “aquí me tenéis enteramente a vuestra disposición”. También por esta vía conecta el celibato con el ministerio, como carisma para querer y atender preferentemente a aquellas personas maltratadas y privadas de amor.

Don para la misión

Desde esa perspectiva hay que entender también el aspecto más misionero del ministerio del cura, como disponibilidad para servir y compartir la vida con las comunidades más necesitadas y con aquellas personal y grupos a los que no ha llegado la buena noticia del Evangelio.

Si no se entiende lo que se ha denominado “ordenación absoluta”, sin referencia comunitaria, cuesta también comprender otro extremo consistente en un localismo tan aferrado a una comunidad, que impide compartir más allá del propio ámbito.

Don para la comunidad

Ser cura no aisla de la comunidad, sino que le mete a uno mucho más dentro, en la medida en que hace de ella la razón de ser de su vida, su pasión (que equivale a apasionamiento, pero también a veces a padecimiento).

Con palabras más gruesas se suele decir que el carácter cristocéntrico (actuar en nombre de Cristo) se conjuga con el eclesiocéntrico (actuar en la Iglesia y en nombre de ésta). En el caso del cura, compartir la vida de Jesús significa automáticamente implicarse en la vida de quienes le siguen.

Don para otros ministerios

El ministerio del cura es un regalo que se comparte con otros entregados a la Iglesia. No es el único ni mucho menos. Existen muy diversos carismas, servicios y ministerios, todos ellos dones del Espíritu, que miran al bien de la comunidad.

Hoy se va descubriendo, no sin dificultades, que la identidad del cura se va labrando en contacto y contraste con otras identidades laicales y de vida consagrada. En la comunidad cristiana no hay y, por tanto, no han de buscarse identidades contrapuestas, sino complementarias, fruto del Espíritu para el bien común.

Si el proceso de los últimos siglos había provocado que el cura concentrara en su persona todas las responsabilidades, el Concilio Vaticano ll, al concebir la Iglesia como Pueblo de Dios, como realidad de comunión, ha impulsado la pluralidad de ministerios y carismas de la comunidad cristiana.

Hoy no se entiende un ejercicio del ministerio presbiteral aislado, desconectado o distante de otros. Si la sociedad actual va descubriendo que la identidad de individuos y grupos se forma en la pluralidad, cabe pensar de modo análogo que la identidad del presbítero se va forjando en un marco de pluralidad ministerial.

Don para los demás presbíteros

Quien recibe el sacramento del orden queda vinculado a un grupo, a un colegio, a un “orden” determinado. El cura no ejerce su ministerio individualmente o por libre; tampoco lo hace sujeto únicamente a su comunidad concreta. Vive una fraternidad sacramental compartida en el presbiterio de la Iglesia local.

Curiosamente, ambos términos (presbiterio e iglesia) han pasado a ser conocidos más como lugar físico que como grupo humano, lo cual no deja de ser una desviación de su significado original.

El término “iglesia” remite a menudo a un edificio, al lugar de reunión, pero en su origen se refiere a la comunidad. El presbiterio designa también un lugar del templo, en torno al altar, por ser ahí donde se colocaban los presbíteros. Sin embargo, el presbiterio es propiamente el grupo de los presbíteros, de los curas.

La existencia de un Consejo Presbiteral en cada diócesis y los encuentros periódicos de los curas para abordar cuestiones pastorales expresan y fortalecen esta realidad colegial específica. Consecuencia de la fraternidad sacramental son también la vida compartida de muy diversos modos, la necesidad de una remuneración similar para todos, la corresponsabilidad de la Iglesia local, la supresión de privilegios, la ayuda o la suplencia mutuas.

Don compartido con el obispo

Finalmente, el cura comparte su ministerio con el obispo. El cura recibe del obispo el sacramento del orden, quedando estrechamente asociado al ministerio episcopal y configurado como colaborador del obispo.

Tanto es así, que el Concilio Vaticano ll tiende a reservar el término “sacerdotes” para las ocasiones en las que se refería a presbíteros y obispos conjuntamente. Con ello trataba de aglutinar bajo un único término la dimensión sacerdotal compartida por ambos ministerios.

Aunque en el lenguaje habitual de la gente sacerdote y cura vienen a ser sinónimos, la terminología conciliar distingue entre presbíteros (los curas) y los sacerdotes (obispos y curas, conjuntamente, no por separado).


A lo largo de estas semanas, vamos desgranando el segundo folleto “Tras Él”, escrito por Ángel Mari Unzueta.


angel mari unzueta

Angel Mari Unzueta
Vicario General de la Diócesis de Bilbao hasta el presente curso 2017-2018
Autor del Folleto “Tras Él 2: Identidad y misión del presbítero” (2003), de la Pastoral Vocacional Diocesana y el Seminario Diocesano de Bilbao

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