Evangelizadoras

Las mujeres se alejaron a toda prisa del sepulcro, asustadas pero, a la vez, con mucha alegría, y corrieron a llevar la noticia a los discípulos. En esto, Jesús se presentó ante ellas y las saludó. Ellas, acercándose a Jesús, le abrazaron los pies y le adoraron. Él les dijo: “No tengáis miedo. Id a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea, y que allí me verán” (Mt 28, 8-10)

Hace unas semanas una catequista me pidió que acudiera a su parroquia para interpretar la misa para un niño sordo que iba a recibir la primera comunión. Lo cierto es que el niño no me hizo apenas caso, de hecho no hacía caso a casi nada: se le veía en estado de alerta, como un animalillo asustado, e imitaba lo que hacían sus compañeros para salir airoso. Esto, por supuesto, me impactó y me dio que pensar acerca del modo en que la Iglesia tiene que lograr llevar el mensaje de Jesús a toda persona.

Sin embargo, lo que más huella me dejó fue un mensaje que me escribió la catequista del niño más adelante: en respuesta a un correo de agradecimiento que le envié, en el que yo presentaba mis impresiones y preocupaciones, ella me dio un auténtico testimonio de evangelización.

Ella llevaba años acompañando al niño. Para ello, había tenido que ir adquiriendo herramientas para hacerse entender y para conseguir que el chaval -que por su incapacidad de comunicación tendía a ser agresivo- fuera aceptado y, más adelante, apreciado por sus compañeros. El objetivo de la catequista era que el chico conociera a Jesús y de verdad quisiera que formar parte de su vida, tal y como ella lo había experimentado. Si aquí hubiera terminado su labor, ya habría sido encomiable, pero es que además, esta mujer se está planteando aprender lengua de signos para que el niño continúe su formación cristiana y para otros posibles casos futuros.

Este ejemplo de entrega generosa por puro amor al Señor y a su Iglesia me conmovió enormemente. No solo eso, sino que además me dio mucha esperanza y auténticas ganas de tener un alma misionera similar a la de esta mujer. Por eso he querido compartirlo con vosotros, por esta catequista y por tantas otras: ¡cuánta gente buena hay en nuestra Iglesia, por muy discretamente que actúe!

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