LA “M” CON LA “A”, “MA”

Así es como se suele, o solíamos, aprender a leer y a escribir cuando éramos niños. Y así es como estoy aprendiendo ahora, sólo que con cuarenta años y en unas circunstancias que nada tienen que ver con las de ninguna escuela.

Para quien no me conozca, me presento. Soy Leo, sacerdote diocesano de Salamanca, que está destinado en Zimbabue como asociado del IEME, el Instituto Español de Misiones Extranjeras. A Zimbabue llegué a últimos de julio y, después de un tiempo por las diócesis de Hwange y Gokwe conociendo a los compañeros del IEME y su trabajo, llegó el momento de servir a la misión en un lugar concreto, en mi caso, la diócesis de Hwange. Vivo en una población de unos 3.000-4.000 habitantes llamada Binga, junto al lago Kariba, a lo largo del cual se encuentran los tongas, pueblo bantú que también vive en el sur de Zambia y, en menor medida, en Mozambique. En Binga estaré al menos un año o año y medio, hasta que aprenda el tonga, la lengua de los nativos de aquí. Y luego me darán un destino pastoral en la diócesis de Hwange.

Como bien supondréis, el hecho de ser misionero hace que resuene en mí de modo especial la palabra DOMUND, es decir el domingo mundial de las misiones. El lema de este año es “Misioneros de la misericordia”. La palabra “misericordia” viene del latín misericordia, formado a partir de miser, -a, -um (miserable, desdichado) y cor, cordis (corazón). Es decir, la misericordia se refiere a la capacidad de sentir la desdicha de los demás, o lo que es lo mismo, la compasión.

En efecto, una de las cosas que caracteriza al Dios cristiano es su misericordia, es decir, ponerse en la piel del que sufre, hacer su camino, estar a su lado. Y como es Dios, y tiene unas ideas locas, no se le ocurrió mejor cosa para ser compasivo con el hombre que hacerse uno de ellos. Es la mejor manera de entenderle: ser uno de ellos, metiéndose en el meollo de la humanidad, aprendiendo desde cero a ser hombre, sin utilizar sus “superpoderes” para mostrar lo bueno que es. Es el misterio de la encarnación que celebramos en Navidad (qué bien que todo el año es Navidad, no sólo en diciembre y enero, ni tampoco sólo a partir de octubre, como nos recuerda la publicidad). De este modo se entiende también el ser misionero, desde la encarnación.

Esto de ser misionero y hacerse uno de tantos, o al menos intentarlo, trae como consecuencia partir de lo más básico: el conocer dónde se pisa, que es terreno sagrado; de lo contrario se corre es riesgo de entrar como un elefante en una cacharrería. Adentrarse en la cultura de los tongas: sus costumbres, sus saludos, su música, sus comidas, su concepción de la vida… y ¡cómo no! su lengua. La M con la A, MA. Así está uno, como un niño (o un bebé en ocasiones), adentrándose con paciencia y esfuerzo en un lengua (y de paso una filosofía de vida) que nada tiene que ver, pero nada, con el español o cualquier otra lengua europea. Es como ir al colegio de nuevo, pero sin ir, estudiando en casa una gramática de tonga bastante áspera; pero es que no hay academias ni métodos de tonga (y dudo mucho que a nadie le interesara aprenderlo), sólo, y es mucho, lo que tu compañero y la gente te vaya enseñando.

El estudio de una lengua es una metáfora de la vida, del crecimiento, del echar raíces y crecer poco a poco. En el fondo supone poner entre paréntesis, o al menos intentarlo, lo que hasta ahora te ha servido para vivir: tu lengua materna, tu manera de ver la vida, tus gustos, tus costumbres… para abrirse a una realidad nueva que te sorprende cada día si te dejas, aunque para ello haya que estar muy atento para descubrirla. Es un poco como el invierno, que ahora acaba de terminar en Zimbabue (aunque aquí se parece más bien al septiembre de Salamanca). Todo seco, sin agua; se diría que la vida ha desaparecido, que no hay que esperar más. Silencio, languidez, soledad, aburrimiento, paciencia, humildad, pequeñez. Pero nada más lejos de la verdad, ya que hay una vida latente que está gritando buscando mostrarse… Cuando llega la primavera todo cambia, la vida reverdece, los colores se hacen presentes… ¿verdad?

Sólo desde aquí creo que se puede ver la realidad de otra manera, procurando acogerla, sin juzgarla (al menos cuando uno no la conoce desde dentro, sino sólo desde cerca, o incluso a veces desde la superficie). Sólo desde aquí se puede disfrutar de esta realidad -y cualquier realidad- con los ojos de Dios, que son los ojos de la misericordia y del amor, y acoger la rosa con sus espinas. Es la vida. Llenarse de los rostros de las personas, la tonalidad de su piel, las sonrisas de los niños. La gente andando kilómetros por las carreteras y caminos, las mujeres con los niños a sus espaldas y en ocasiones al tiempo cargadas con cubos de agua a la cabeza. Sus pies descalzos. Más vida. La música por doquier: tambores, canciones, baile, ritmo. Y también el silencio súbito para pedir perdón o adorar. Más vida. Las puestas de sol fulgurantes e incandescentes. Moverse básicamente con la luz del sol. Más vida. Las catarataras Victoria. Los impalas, los leones y los babuinos. Es la vida. Y es la alegría de un pueblo que celebra la Vida aún en circunstancias muy adversas. Hambre, enfermedad y muerte prematura. Pobreza y paro. Cortes de agua y de luz. Corrupción y abuso de poder… Es la vida.

Yo no sé el tiempo que estaré en Zimbabue, ni lo que el futuro me deparará. Pero sí qué sé que es un tiempo de sembrarme, de estar oculto, de sentirme y tomar conciencia de quién soy ante Dios y ante los demás; de saber de mi profundidad y de la de la gente y las circunstancias que me rodean. Es un tiempo de silencio, de oración, de paciencia, de acogida, de reflexión, de soledad. Es el tiempo de aprender la misericordia y el tiempo de la M con la A, MA.


Leonildo Ramos

Leonildo Ramos
Misionero en Zimbawe
Sacerdote Diocesano de Salamanca, amigo del seminario de Bilbao

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