El acuciante individualismo que vive nuestra sociedad acaece en un profundo sentido del vivir para sí mismo. Hemos permitido en muchos lugares y momentos que las cosas ocupen un espacio más importante que las personas. Vivimos en una sociedad o quizá mejor expresado en una saciedad insaciable.

Cada vez nuestros hermanos se centran en logros temporales, en metas ilusorias. Olvidando que la razón de ser de vivir e incluso de morir consiste en depositar nuestra vida en la vida de los otros. Solo dejando una huella imborrable en el corazón de los demás, seremos capaces de inmortalizar nuestra historia en la vida de tantos hermanos y hermanas que viven la más grande de las miserias que el hombre en toda su historia pudo conocer.

No hay peor desastre humano y social que encontrarnos con una persona que en medio de tantos progresos de la tecnología y aun sosteniendo una potente economía, que no tenga con quien compartir cada momento de su existencia. Este problema arrecia con más fuerza en la vejez, es ahí cuando la persona condenada a la soledad, por diversas razones, ideológicas, sociales, culturales o familiares, sentirá todo el peso de haberse rehusado a abrir su corazón a la vida, a la familia o a la fe.

Decía Benedicto la soledad con Dios se transforma en una soledad llena de su presencia. Dios no es un Ser autárquico que gobierna desde la soledad más radical. Dios es comunión, relación, filiación y procedencia. Las Personas Divinas existen en razón de la relación que ocupan dentro de la Trinidad Santa. El amor es la potencia de la unidad entre Dios y todo el género humano[1].

También el amor es medicina contra la soledad de muchos y tantos hermanos que viven en la indiferencia. Es correcto ayudar en lejanos voluntariados, es correcto asistir a la educación de tantos chavales. Sin embargo no es coherente socorrer pobrezas tan distantes y evadir la propia responsabilidad respecto a esta forma de pobreza que asola a nuestras familias. No es coherente educar a otros chavales y dejar solos a nuestros hermanos de sangre. El valor de la familia debe pugnar para contrarrestar este mal cuyo remedio está en nuestras manos. Digamos no a la soledad.


[1] Cf. Benedicto XVI, Ángelus, Roma 11 Junio de 2006.

David Garrido

Seminarista de segunda fase

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