LA VIDA BOCA ARRIBA LIII

– Oye, Rebe, ¿no nos habremos equivocado de línea?
– ¡Que no! Es que el autobús da un rodeo por obras.
– ¡A gusto me habría quedado un par de días más!
– ¡Lo mismo digo, Ana! ¡Qué gozada, ese silencio!
– ¿Qué te ha parecido la Tiburciana?
– A mí me costó adentrarme en sus planteamientos, el primer día; pero, al segundo, ya le fui cogiendo el aire; y hoy, me iba haciendo mella con su meditación, según la iba compartiendo con nosotras.
– A mí me ha gustado mucho. Estoy muy contenta de que se vaya a ocupar de buena parte de nuestra Formación en el Aspirantado.
– Esta nos va a exigir.
– Por eso me ha gustado. Es clara en lo que pide. Y no se pierde en almíbares. Aunque no se puede decir que no sea dulce y cariñosa.
– Tienes razón. En casa, al hablar de personas encargadas de la educación, solía oír algo que ahora veo que es verdad: si alguien no te exige, tampoco te toma muy en serio.
– ¡Vaya, no lo había pensado!
– Eso de la acedia ha sido bárbaro, ¿eh, Ana?
– ¡Y tanto! Avisadas estamos. Desde luego, las Pasionistas se lo tomaban bien en serio. ¿Cómo se llama la anterior Superiora?
– Sor Gema.
– ¡Eso! Con qué humildad ha reconocido que ha tenido que combatirla muy decididamente, en varios períodos de su vida conventual.
– No me imaginaba que a las Monjas les pudiera pasar como a mí: que cuando toque estudiar, quiera salir…
– Bueno, Rebe, no es exactamente lo mismo, ¡jajajajá!: que, sin embargo, cuando toca salir, a ti nunca te apetece regresar para estudiar o trabajar…
– Me has desenmascarado. ¡Ten amigas para esto! ¡Jajajajá!
– Perdón, perdón.
– Yo no había oído nunca esa palabra, pero se ve que la acedia es un enemigo terrible: «demonio» la han llamado, incluso.
– Es que, si te hace perder el gusto por Dios y te descentra en la vida, ¡ya me dirás tú!
– Y daña a muchos Ordenados y personas Consagradas.
– En fin, avisadas estamos, Rebe.
– ¡Qué grande es la fragilidad humana!, ¿verdad?
– Y, paradójicamente, también su capacidad para el bien, la verdad y la belleza.
– Así pues, ¿a qué viene tanta vanagloria, por tu parte, Ana, cariño? Jejejé.
– Como sigas así, no sé si no vamos a perturbar la paz del Monasterio.
– ¡Aua!; oye, ¡que mi bazo es para toda la vida!
– ¡Por qué poco te quejas! ¡Qué limitadita es tu resistencia, querida amiga, jejé!
– ¡Si nos viera Nekane!
– Lo que son las cosas. No sé si se imaginará esa chica que la contemplo con cierta admiración.
– Tiene algo; ¡es cierto! Se desenvuelve en el Monasterio con una naturalidad de llamar la atención.
– Como si todo su ser supiese que ese es el lugar para el que existe desde antes de nacer. ¡Y eso que es la más joven de las tres!
– Oye, puede que seamos cuatro.
– ¿Cómo?
– Me dijo D. Serafín que él ha pedido el ingreso, por ver si con velo y hábito, cubre sus carencias capilares y sus excesos abdominales.
– Este D. Serafín…
Continuará…
Francisco Javier Rojas
Director del secretariado para los Monasterios de Clausura de la Diócesis de Bilbao
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