LA VIDA BOCA ARRIBA LIX

– Pero, Pablete, ¡ven aquí que te dé un abrazo el anciano Serafín!
– ¡Hola, D. Serafín!
– ¿Cómo es que te presentas aquí sin darte importancia? Conmigo no te hagas el despistado, que ya me tiene informado tu hermana: ¡menudas notazas!
– ¡Ah, gracias! Objetivo conseguido: el grado, en el bolsillo.
– ¡Caray, te tenías reservado el mejor rendimiento para el final!
– Venga, déjelo, D. Serafín, que me hace pasar vergüenza.
– Un poco rojo sí que te has puesto. En fin, a mí me consigues una estampita nueva para mi colección, y me doy por convidado.
– No, si ya se sabe: tiene ud una manera de pedir que parece que está dando.
– Pues, más vale que vayas aprendiendo: ¡que, como Cura, buena falta te hará!; jajajajá.
– Es ud de una socarronería incorregible, jajajajá.
– Pero, mira, voy a compartir contigo algo muy serio. Una cosa que nos inculcaron en el Seminario. Creo que sigue siendo válida; con alguna matización, quizá.
– Ud dirá.
– Recuerdo a nuestro Rector, D. Práxedes, muy serio: «El Pueblo de Dios os podrá perdonar casi cualquier debilidad. Pero difícilmente os perdonará que seáis peseteros o duros en el trato.»
– ¡Vaya! Bueno, ahora que lo dice, en cierta ocasión, le oí mencionar a mi padre a un Cura que hubo en el pueblo; no recuerdo su nombre. Todo el mundo sabía que tenía un problema con la bebida. Sin embargo, le querían a rabiar. Porque era un Sacerdote entregado, que siempre estaba disponible y a todos quería.
– Sí, creo que le recuerdo…
– Yo no le sé decir ni el nombre. De hecho, mi abuela, la Señá Cloti, enseguida interrumpió a su hijo, es decir, a mi querido padre, echándole en cara que hablase así de un Cura que le había bautizado, enseñado el Catecismo, confesado y dado la Comunión. Y que estuvo a verles en el hospital, cuando madre e hijo tuvieron alguna complicación, después del nacimiento de mi padre. Y no sé cuántas cosas más añadió, convertida en auténtico fuego proclerical.
– Pablo, todavía hay mucha gente como tu abuela. Gente que, de entrada, nos está muy agradecida a los Sacerdotes y no olvida la dimensión sobrenatural, al contemplarnos. Gente que pasa por alto nuestro pecado. Gente, Pablo, que, aun hoy, espera mucho de nosotros y a la que no podemos defraudar. ¿Me entiendes?
– Creo que sí, D. Serafín.
– Que se te grabe esto ya desde ahora, Pablo: no podemos defraudar a esa gente, porque tiene razón al pensar que pertenecemos, por entero, a Cristo y a la Iglesia.
Continuará…
Francisco Javier Rojas
Director del secretariado para los Monasterios de Clausura de la Diócesis de Bilbao
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