LA VIDA BOCA ARRIBA LVIII

– «Levanto mis ojos a los montes. ¿De dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que…»
– ¿Qué dices, Tasio?
– Estoy rezando, Cariño.
– Ya te oigo, hombre. ¿Y qué pasa? ¿Que tu esposa no te puede ayudar?
– ¡Claro, Isabel! Pero, este momento que Dios nos brinda a través de estos hijos nuestros, lo considero una oportunidad para vivir buscando la Voluntad de Dios más decididamente.
– ¿Te acuerdas? Eso mismo me decías en cuanto tuvimos fecha para casarnos. Y me estuviste llevando, todos los días, durante tres meses, donde las Eulalias, a ofrecer nuestro compromiso y nuestro futuro Matrimonio ante el Sagrario.
– ¡Poco contenta que venías!
– Contenta es poco. Tasio, ofrecíamos a Dios lo más precioso que teníamos. Y, de paso, yo le llevaba mi pequeña lista de intenciones, que enseguida fue engordando.
– Y la Virgen de las Clemencias no quedaba sin su Ángelus, fuese la hora que fuese.
– ¡Qué bonito era aquello! No recuerdo cuándo lo dejamos.
– Yo tampoco, pero era precioso. Estos chavales nuestros algo parecido harán. Porque se les ve que dan mucha importancia a la oración.
– ¿No has visto el altarcillo que Pablo se ha reservado en su habitación?
– ¡Caray, con lo que, al principio, criticaba esos «excesos piadosos» de su hermana!
– ¡Y tanto!
– Oye, Isabel, ¿por qué no nos tomamos un ratillo, cada día, para ofrecer las Vocaciones de Ana y Pablo, nuestros hijos? Las Eulalias nos quedan ahora a desmano; pero, podemos acercarnos al Santuario.
– …
– ¿No dices nada?
– ¡Ay, Tasio, si miraras a tu esposa a la cara, te darías cuenta de que se le ha hecho un nudo en la garganta!
– ¡Cuántas emociones!, ¿verdad, Amor?
– ¡Y tanto! Pero, ahora, me has conmovido tú. Pareces haber recobrado la frescura del amor a la vida.
– Nunca he dejado de amarla. Bueno, sin embargo, es verdad que, quizá, sea lento en expresarlo.
– El Santuario me parece perfecto. ¿Antes de que abras la tienda?
– ¡Eso es!
– ¡Tasio! ¿Otra vez, con lágrimas?
– ¡Jo, Isabel! ¿No te das cuenta de que, ahora, va a ser mejor que cuando íbamos a las Eulalias?
– ¿Por qué?
– Bien lo sabes; pero, vale, quieres oírmelo decir: Porque nos presentamos como Matrimonio hecho y derecho, con unos cuantos años de vuelo, con nuestras glorias y contradicciones. Lo que es yo, más profundamente enamorado de ti. Ahora, me parece que entonces no me había enterado de lo bella que eres en realidad. Bueno, también el Matrimonio te habrá embellecido; ¡seguro!
– ¡Ay, Tasio!
– Sí, llorona mía, y ofrecemos a Dios, esta vez, los frutos de nuestro Matrimonio, dos de nuestros hijos. Suyos son.
– Suyos han sido siempre.
– ¡Ay, Isabel! Si no fuera porque puede haber gente leyéndonos, ¡qué besazo te daría!
– Tasio, te sienta muy bien esta actitud tan renovada. ¿Te has dado cuenta? No te me has refugiado, esta vez, en ese lenguaje irónico con que te sueles defender.
– Es verdad. Mira, Isabel, esta ola la tenemos que coger. Porque es Dios quien nos la envía.
Continuará…
Francisco Javier Rojas
Director del secretariado para los Monasterios de Clausura de la Diócesis de Bilbao
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