LA VIDA BOCA ARRIBA XLII

– ¡Jopé, Isabel, cómo mimas a tu hijita!
– ¡Claro, Rebe! Hoy, tendrá mucho que contar. De modo, que marisco y frutos secos, para entretenernos en pelar y comer, asegurándonos de que la charla no se nos quede corta.
– ¡Todo estudiado! ¿Viene el otro hermano?
– No, ¿pués?
– ¡Ah!, es que cuento cinco sitios, en la mesa.
– ¿Es que no quieres comer hoy con nosotros?
– ¡Cómo que no! ¡Encantada! Ahora mismo, llamo a casa. Yo no me pierdo la llegada de Ana.
– ¡Qué buena amiga tiene Ana en ti!
– Bueno, y el marisco, tampoco me lo pierdo, jejejé.
– ¡Hala, no te hagas la tripera, que estás como una espátula!
– ¡Muchas gracias por invitarme, Isabel! ¡Con las ganas que tengo de oírle contar a Ana!
– ¡Así estamos en casa! Pero, decía Tasio, y con razón: «No pongamos expectativas muy altas, porque esta chica es capaz de pasarse la comida echando balones fuera; ¡que, a estas alturas, ya la conocemos!»
– ¡Qué verdad! Como se cierre… Eso sí, luego irá soltando, cuando ella lo considere oportuno o tenga ganas.
– ¿Qué tal tú, Rebe?
– Bien, Isabel, en ascuas, esperando a Ana, ¡cómo voy a estar!
– Dice Pablo que te encuentra muy cambiada.
– Ya sabes, los años no perdonan, jejejé.
– Entonces, ¡qué diremos las demás!
– Mira, Isabel, tú sabes que Ana siempre ha tenido un gran ascendente sobre mí. Casi como una hermana mayor. Por eso, estoy luchando con bastantes dudas, como, por ejemplo: ¿no estaré queriendo emular a Ana?
– ¿Emular a Ana? Si sois como el blanco y el negro.
– Lo que está pasando en esta familia con estos dos hermanos, lo de Nico…
– Sí, me lo contó Ana…
– Llevo tiempo en ebullición, ambicionando lo mejor.
– ¿No ves cómo tiene razón Pablo, al decir que te ve diferente?
– Isabel, sólo lo sabe D. Serafín…
– Oye, no me tienes que decir nada, si no quieres.
– Ya lo sé. Pero, tú no eres cualquiera. ¡Que he pasado muchas tardes, en esta casa, desde bien niña!
– Eso es verdad. Y sabes que aquí se te quiere.
– ¡Gracias, Isabel! En casa, no tengo mucho ambiente para decir esto: ese es otro de mis miedos…
– Rebe, disculpa, hija, no te sigo.
– Isabel, que también yo me he empezado a preguntar, insistentemente, si la Vida Contemplativa no será la opción para mi existencia.
– ¡Menuda sorpresa!
– Sí. La mera pregunta es, también, una sorpresa para mí misma. De soñar con la Vida Consagrada, más habría señalado la Activa, pero, el caso, es que mi corazón no deja de coquetear con la posibilidad de ser Monja.
– Por eso, has acudido a D. Serafín, buscando hacer pie.
– ¡Claro! ¡Es tan fácil engañarse a sí misma!
– Es verdad. Mira, esa suerte tuve yo. Desde niña, yo quería ser esposa y madre. Y, cuando le conocí y me sentí correspondida, pronto estuve cierta de que yo iba a ser para Tasio y él para mí.
– ¡Qué suerte!
– Lo es. Mis amigas, en general, no lo tenían tan claro. Ana suele repetir que lo mío fue una Gracia del Cielo.
– D. Serafín me dijo que una de las argucias del Maligno es sembrar dudas sobre lo que sabe, él mejor que nosotros, que nos conviene. Lo cual no quiere decir que no haya que escrutar el espíritu propio con seriedad.
– En tu caso, lo que has dicho de emular a Ana podría ser argucia suya. Tiene esa pinta. Pero, hay otra que has mencionado. ¿Te has dado cuenta?
– No, no caigo. ¿Cuál?
– Lo de tu casa. En tu casa no serán muy de Iglesia, ¡de acuerdo! Pero, parece mentira que te lo tenga que decir yo: Rebe, ¡tus padres te quieren a morir! ¡Que les conozco!
– Sí, eso sí, pero si les dijera que me iba al Convento…
– Si es lo que tú reconocieras como tu camino de realización, en esta vida, en un minuto los tendrías más fans del Monasterio que tú misma. ¿Es que no los conoces, niña?
– ¡Gracias, Isabel! Ana y Tasio estarán al caer, ¿no?
Continuará…
Francisco Javier Rojas
Director del secretariado para los Monasterios de Clausura de la Diócesis de Bilbao
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