– ¡Hombre, Tasio, tú, como siempre, puntual!
 
– ¿Qué tal, D. Serafín? Le veo en forma.
 
– En fin, no me puedo quejar. De momento, no me han dicho los médicos ninguna barbaridad, tras los chequeos que nos mandan hacer en la Diócesis.
 
– ¡Ay, los médicos! D. Serafín, no le robo mucho tiempo…
 
– Siéntate, hombre. ¡El que haga falta!
 
– Vengo a darle las gracias.
 
– ¿A mí?
 
– No sé si se hace idea de lo que representa para mí, como padre, ver que mis tres hijos viven con un propósito definido.
 
– Eso es cosa grande.
 
– El mayor, sacrificándose por ser un buen profesional, en el ámbito jurídico. Ana, decidida a ser Monja. Nos lo dijo ayer, en la comida. Y Pablo, como sabe, muy serio para entrar en el Seminario, en cuanto obtenga el grado. Mi esposa y yo nos sentimos dichosos como no imaginábamos.
 
– Es que, habéis puesto muy buenos cimientos en las vidas de vuestros hijos con su educación, que no habéis delegado en nadie, ni en la escuela ni en la Parroquia ni en nadie.
 
– Hemos hecho y seguimos haciendo lo que mejor podemos y sabemos. Con muchas lagunas.
 
– Así caminamos todos, Tasio, tratando de acertar, en medio de series bien largas de errores propios.
 
– Mi mujer me suele repetir: «No bajemos la guardia, Tasio, que no está todo el pescado vendido.»
 
– ¡Ay, los padres! No dejan de serlo hasta la tumba.
 
– Es verdad. Le confieso que por quien más preocupado estoy es por el mayor. ¡Qué curioso! En la tienda es por el que más me preguntan. Como si fuera el hijo de enseñar. Pero, a mí me parece que sólo la profesión no basta para llenar un corazón; no sé cómo decirlo…
 
– No sé si se puede expresar mejor, Tasio.
 
– Me he permitido la libertad de traerle un Sagrado Corazón, con su Rosario. Yo ya sé que los Curas, a veces, se encuentran con pequeños almacenes de cosas con las que no saben qué hacer. Pero, me he arriesgado. Si no lo quiere, ya le encontraríamos destino…
 
– ¿Destino? ¡Si es precioso! Me vas a disculpar. Ahora mismo, busco una escarpia….
 
– ¡Menuda, D. Serafín! ¡Si le ha quedado derecho, y todo! ¡A la primera!
 
– ¡Ay, Tasio! ¿No sabes que uno ha sido cocinero antes que fraile?
 
– Ya se imaginará que le he dedicado mucho más cariño que dinero. Últimamente, he empezado a recorrer mercadillos ambulantes y anticuarios, de vez en cuando. A Isabel, también le gusta. Resulta entretenido y, de paso, rescatamos algunas preciosidades de iglesias y otros centros de culto, ¡que vaya ud a saber cómo han ido a parar allí!
 
– Sí, ya he oído esa queja de labios de algún eclesiástico de alto rango.
 
– Oiga, D. Serafín, en mi familia, nada sería igual sin su presencia y dedicación de todos estos años. Siempre atento, enseñando a niños, jóvenes y adultos, entregado a enfermos y todos los sufrientes, alimentando la Esperanza tras la muerte. Siempre preocupado para que los Fieles reciban a Dios en la Liturgia y los Sacramentos. Delicado, cordial y sabio.
 
– Espera, Tasio, voy a darle la vuelta al Sagrado Corazón: que, como haya un retrato mío, ya aprovechamos…
– Y con humor. ¡Jajajajá! D. Serafín, ríase lo que quiera, pero el Señor seguro que está dando mucho fruto a través de ud.
 
Continuará…
Francisco Javier Rojas
Director del secretariado para los Monasterios de Clausura de la Diócesis de Bilbao
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