– ¡Ramón, qué haces, ahí, sentado!
– ¡Vaya, Ana!, ¿prefieres verme en la cama, hecho polvo?
– Es que, ¡no sé ni qué decir! ¡Qué alegría! Pero…
– Ya sabes que ayer venía D. Serafín a administrarme la Unción de Enfermos, además de traerme la Comunión. ¡Y también me confesó!
– Sí, al llegar a la Parroquia, después de visitarte el lunes, yo misma le di recado de que pedías la Unción.
– ¡Qué pasa, Juanita, que no le haces a Ana tu pregunta!
– ¡Anda, Ramón, no seas así! Ahora, no, hombre…
– Ana, mi querida esposa quiere saber si la Unción tiene poder curativo.
– Bueno, yo no sé si se dice así.
– No te avergüences, Cari, que al menos, ambos hemos aprendido que ya no se dice Extremaunción.
– Mira, Juanita, lo que yo puedo deciros es que, en cada Sacramento, Dios actúa derramando Su Gracia; de una manera distinta, en cada uno de ellos. Y la Unción de Enfermos es el Sacramento de la Salud del alma y del cuerpo, como sólo Dios sabe.
– O sea, que sí puede tener efectos curativos. Bueno, Ana, es nuestro modo de hablar.
– Sí, Juanita. D. Serafín me ha contado varios casos donde ha habido curaciones completamente inesperadas: Dios no es un mago ni un curandero, pero obra Maravillas según Su Voluntad, que es infinitamente más elevada que la nuestra.
– «Como dista el Cielo de la tierra, así Tus Planes de los nuestros…»
– ¡Eso es, Ramón! Haya, a nuestros ojos, curación o no la haya, Dios derrama abundante Gracia sobre el paciente, y Su Acción resulta infinitamente eficaz, para la Vida. ¡Ojalá nuestra falta de Fe no Le oponga barreras, en el Encuentro que Él nos brinda!
– ¡A ver qué me dice hoy el médico! Ayer, prefirió no dar muchas explicaciones. Es que, creo que no las tenía. Todavía no se le habrá pasado la sorpresa.
– Estabas muy mal, ¿verdad?
– Sí, Ana, con un pie en el otro barrio. Suavemente, así me lo empezaban a dar a entender. Y, ¡ya ves!, como siga la mejoría, veo que me apunto a la excursión, jajajajá.
– ¡Ay, Ana, guapa! Si Ramón sigue mejor, cuenta conmigo para ayudarte a prepararla. ¡Que soy navarrica! Y mis abuelos eran de esos que cortan la carretera entre Javier y Leyre; bueno, ellos no, sino sus rebaños.
– ¡Qué chollo tengo! ¡Mil gracias, pareja!
– Mira lo que tengo aquí, Anita. Ya sé que me querrás corregir, pero aguántate las ganas: Éste me da a mí casi tanta Vida como los Sacramentos.
– ¡No te pases, hombre! ¡Que yo también La quiero! Pero…
– ¡Venga, quédate un Misterio con nosotros!
Rememora Ana esta escena ante el altarcito que se ha preparado en su dormitorio. Y el corazón se le desborda de gratitud: – «Cuando la luz del sol es ya poniente, gracias, Señor es nuestra melodía…»
(continuará)
Francisco Javier Rojas
Director del secretariado para los Monasterios de Clausura de la Diócesis de Bilbao
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