LA VIDA BOCA ARRIBA XXIV

– Pablete, para un momento, chico, ¡que se te van a fundir las neuronas!
– Es que, a este examen le tengo ganas.
– Oye, en serio, tú estás desconocido.
– ¡Caray, Anita, si ahora te va a parecer también mal que estudie!
– Tú siempre has sido «obrero de la ultimísima hora», y resulta que llevas estudiando con una regularidad que no te es propia…
– ¡Hay que tomarse las cosas en serio, Ana!
– Y me ha contado Ama, toda contenta, que llevas un par de semanas en que te ofreces para todas las tareas domésticas; si es que, sin más, no te anticipas.
– Nunca llegaremos a devolverles a los dos todo lo que han hecho por nosotros, ¿verdad?
– Pablo, mírame a los ojos: ¿alguna chica?
– ¿Qué insinúas?
– Tú te has enamorado, ¿a que sí?
– ¡Que no, Ana! Si, otras veces, me lo has notado a la primera. Eso yo nunca he sido capaz de ocultarlo más de dos horas.
– ¡También es verdad!
– Es otra cosa, ¡y te la voy a decir, hala!
– ¡Soy todo orejas!
– Me confesé, hace quince días, con auténticos deseos de ser otra cosa. De huir de este pacto mío con la mediocridad, que no me llevaba a ninguna parte.
– ¡Ay, nuestros pactos con la mediocridad!
– Y hubo una expresión, que D. Serafín utilizó, que hizo mella en mí: Confesión de Resurrección. «Pablo», me dijo, «aprovecha la Gracia que Dios derrama sobre ti, en este Sacramento, para crecer en Santidad. ¡Que ésta sea para ti una auténtica Confesión de Resurrección!»
– Me dejas sin palabras, hermanito. ¡Cuánto me alegra lo que me dices!
– Hay otra cosa, Ana.
– ¿Qué?
– Yo admiro a D. Serafín.
– ¡Y yo! ¿Qué tiene eso de particular?
– ¿Crees que yo podría ser como él?; bueno, ¿hacer lo que hace él?
– ¿Me estás hablando de ser Sacerdote? ¿Te estás planteando entrar en el Seminario?
– Sí, Ana, y mucha culpa la tienes tú.
– ¿Yo?
– Sí, Ana, eres mi hermana mayor y me fijo mucho en ti; ya lo sabes. Y esto que vienes viviendo en el último año largo…
– ¡Si estoy volviendo loco a todo el mundo!
– Quizá, pero yo capto en ti un deseo muy hondo de tomar la vida muy en serio y dedicarte sinceramente a Dios. ¡No llores, mujer!
– Es que me emocionas, Pablo. ¡Con lo brutote que sueles ser!
– ¿No ves? Lo que vivimos o dejamos de vivir siempre tiene una influencia en uno mismo y en los demás; para bien o para mal.
– Ven aquí, Pablete, que desde que eras bebé, no me habían dado ganas, como ahora, de comerte a besos.
Continuará…
Francisco Javier Rojas
Director del secretariado para los Monasterios de Clausura de la Diócesis de Bilbao
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