LA VIDA BOCA ARRIBA XXVI

– ¡Don Serafín, al teléfono!
 
– Gracias, Pablo. ¿Quién es?
 
– Sólo ha dicho que es un Cura.
 
– ¡Buenos días! Sí, me esforzaré por ser más trabajador.
 
– Pero, ¿qué dices, Donse?
 
– ¡Ahí va, Kepa! Este Pablo no me ha dicho quién era.
 
– ¡Jajajá!, ya sabes que, a este chico, el teléfono le quema. ¿Y a qué obedece ese saludo tan peculiar?
 
– ¡Ah!, es que, en el 90% de las veces, mi conversación con un Cura comienza escuchando: «¡Qué bien vives, desgraciado! Una estructura parroquial que te sostiene, gente bien, con Curas jubilados que te echan una mano…»
 
– Me suena, sí. Mejor, ni preguntar quiénes saludan así, por si acaso nos da la risa floja, con la mención de alguno de los nombres. En fin, ya lo repites tú, una y otra vez: ¡Bene dicere, hermano, bene dicere
 
– ¿A qué debo el honor, Kepa?
 
– Donse, me encontré ayer con Paco Asteguieta.
 
– ¿Éste se ordenó contigo, no?
 
– No, el año anterior. No sé si sabes que le nombraron Visitador de Monjas, a principio de este curso.
 
– No lo sabía.
 
– ¡Ay, Donse, que hay que echar un vistacillo a los medios de comunicación diocesanos, hombre!
 
– No te falta razón, Kepa. Pues nada, ya sabes lo que te voy a decir.
 
– Sí, que Paco será feliz con esta Encomienda.
 
– Chico, ¡ni que hubieras estado un año conmigo!
 
– Jajajajá. Donse, me dijo que, terminado su primer curso, seguía más perdido que un pulpo en un garaje.
 
– ¡Caray, no le habrán contado mucho, no!; ni los unos ni las otras. ¡Dile que quiera mucho a las Monjas!
 
– Mejor, se lo dices tú mismo. Le he facilitado tu número de móvil, si no te importa.
 
– ¡Cómo me va a importar! Pero, ¿cuál es el suyo? ¡A ver si puedo comer con él hoy mismo!
 
– ¡Chico, qué prisas!
 
– Kepa, fueron los años más felices de mi Sacerdocio, salvando los presentes.
 
– ¡Gracias, Donse! Sé bueno con él, ¿vale?
 
– ¿Bueno? A ese menú invito yo. ¿Por qué no te apuntas?
– Pero, mejor…
 
– ¡Que sí, hombre! Entre los dos, le inyectamos en vena, a ese bueno de Paco, el entusiasmo por las Monjas.
 
– Me preguntó por Ana.
 
– ¡Claro!, lo de esta chica se va sabiendo.
 
– Me gustó mucho verle sinceramente preocupado por su papel para ayudar a promocionar las Vocaciones a la Vida Monástica.
 
– ¡Bravo! Porque los Conventos necesitan nuestra ayuda. Entre todos, hemos de conseguir que ocupen sus sitio en el mapa mental del Pueblo de Dios. ¡Les debemos tanto!
 
– ¡Menuda empresa!
 
– Paco, tú y yo: ¡ya somos tres! Y de Ana habrá que echar mano, también.
 
Continuará
Francisco Javier Rojas
Director del secretariado para los Monasterios de Clausura de la Diócesis de Bilbao
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