LA VIDA BOCA ARRIBA XXVII

– Este chico lo va a hacer bien, Kepa.
 
– Paco está muy bien preparado, lo mismo humana que intelectualmente; ¡y qué decir de su espiritualidad o de su proyección en el Apostolado!
 
– Y no está tan perdido como te dijo.
 
– ¿Tú crees, Donse?
 
– Es demasiado modesto, cuando dice, por ejemplo, que las charlas organizadas con motivo de la Jornada Pro Orantibus se las encontró casi preparadas por su Predecesor. ¡Que también es una joyita, por cierto!
 
– Sí es modesto, sí. Siempre recordaré que, cuando entré en el Seminario, fue, de los mayores, el que mejor me recibió. Sin darse importancia alguna, aunque pronto supe que empezaba a despuntar entre sus compañeros.
 
– Fíjate, en cuanto ha salido Ana en la conversación, cómo se le ha ocurrido que presente ella, con su testimonio, la importancia del propio cuestionamiento sobre la Voluntad de Dios para la propia vida. Porque, aunque aún la tenemos mareando un poco la perdiz, sabrá hacer mención entusiasta de las Vocaciones más arrinconadas en la conciencia de nuestros jóvenes.
 
– Sí, esas que ni se plantean.
 
– Y ha pensado que ese testimonio lo pueda ofrecer Ana enseguida, en distintas convivencias veraniegas de nuestra chavalería. Yo creo que ella no pondrá objeciones; al contrario.
 
– Ana me tiene un poco preocupado, Donse. Fíjate, veo antes a Pablo Seminarista que a Ana Aspirante en algún Monasterio de Clausura. Lo cual, hace nada, era impensable.
 
– ¿Por qué lo dices, Kepa?
 
– De los talentos con que Dios ha bendecido, de distinta manera, a ambos, no vamos a volver a hablar. Ya los hemos celebrado tú y yo, reiteradamente, en nuestros parloteos.
 
– ¡Cierto!

– Pero, me da mala espina la situación de Ana. Es como si tuviera razón cuando expresaba temor por estar confundiendo, quizá, la Vocación con un afán por distinguirse de las demás.
 
– Si no entraran muchachas en los Conventos tan de tarde en tarde, saldríamos de estas dudas. Porque, Kepa, comparto esas reservas tuyas. No te había querido decir nada, por no molestarte.
 
– Esta chica, convertida en el centro de atención, parece, a fin de cuentas, encantada de la vida: admirada y mimada, en su pedestal.
 
– No podemos dejar que se prolongue esta situación, porque se pudre si no. Delicadeza, toda. Respeto por los ritmos de Dios, sin medida. Pero, también, suave confrontación con la propia vida.
 
– Gracias, Donse. Tengo que rezar mucho para encontrar momento, tono y palabras oportunos.
 
– Como la llevas tan dentro de tu corazón de Pastor y el auxilio del Espíritu no ha de faltarte, no tengas cuidado: la sabrás ayudar; ¡sin duda alguna!
 
– ¡Venga un abrazo, Hermano! Lo tuyo es fecundidad sin medida. ¡Gracias!
Continuará…
Francisco Javier Rojas
Director del secretariado para los Monasterios de Clausura de la Diócesis de Bilbao
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