– Tú dirás, hija.
– ¿No está Papá?
– No, ha tenido que ir a la tienda, porque le llegaba un pedido que tenía hecho por internet. Allá ha ido gruñendo. Ya le conoces.
– ¡Pobre, qué fastidio, después de haber echado ya la persiana por esta semana!
– ¡Gajes del oficio! ¿Qué le vamos a hacer?
– Bueno, yo quería decíroslo a los dos, pero tampoco es para tanto…
– Tú verás, Ana.
– No, ya hablaré con él, en otro momento.
– Lo que prefieras.
– Mira, Ama, me voy a «hacer la experiencia».
– ¿Qué experiencia, hija?
– Una semana en un Convento para pensármelo en serio. Aprovecharé este macro-puente de la Inmaculada.
– ¿Con las Mikelinas?
– No, aunque aquellas molestias de mi última visita fueron, en buena parte, niñerías mías, algo me queda dentro que me hace preferir otra opción.
– Pero, por aquí cerca, ¿verdad?
– ¡Ama, que es sólo una semana!
– Sí, de momento…
– Será con las Canaítas.
– ¿Las de Tiquia de Abajo?
– No, están justo al lado, en Zorzobrales.
– ¡Cierto! Siempre confundo esos pueblos. En fin, tan lejos no estarás.
– Algo tiene ese Carisma, que me atrae: Adoración Eucarística, especial ternura en la devoción mariana, fuerte acento en la Esponsalidad con Cristo…
– ¡Que Dios bendiga tu intención, hija! Me alegra mucho que te atrevas a caminar.
– Ama, es que, al comenzar este Adviento e invocar, insistentemente, la Venida del Salvador, ya me ha parecido excesiva la distancia entre lo que afirman mis labios y la realidad de mi vida.
– Anita, no seas tan dura contigo misma.
– «¡Ven Salvador, ven sin tardar!», pero yo, levantando diques absurdos para Su Llegada a mi vida.
– ¡Siempre tan descarnada!
– Ama, ¡es así! Mira a Pablo, sin darse unos aires que ni D. Rodrigo, en la horca.
– Sois distintos. ¡Qué hay de malo en eso!
– D. Serafín dice que es más noble que el platino. Yo creo que se queda corto. Y pensar que le he mirado, tantos años, como si cualquier cosa.
– ¡Hija mía, es el menor! A ciertas edades, los mayores no suelen dedicarse, precisamente, a tomar apuntes de los menores.
– ¿Recuerdas aquella bronca que le echaste por lo de los 20 Euros?
– ¡Sí, jajajajá! Pero, eran 50, maja. Anda, que se le caen, en la cola del súper y le pregunta a la de atrás si son suyos.
– ¡Qué cuajo, el de aquella señora, cogiéndolos! Es el día que me sigue impresionando que abusara así de un niño de ocho años.
– ¡A lo nuestro, Ana! ¿Qué ropa necesitas?
Continuará…
Francisco Javier Rojas
Director del secretariado para los Monasterios de Clausura de la Diócesis de Bilbao
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