Llamado al sacerdocio ministerial

Un sacerdote es un hombre ordinario, tomado entre los hombres, para una misión extraordinaria, la de ser un puente entre los hombres y Dios. Esa es la razón de ser de los sacerdotes. Pero, ¿de dónde salieron los sacerdotes?

El Jueves Santo, antes de ser entregado, Jesús tuvo una última cena con sus apóstoles, en la cual instituyó la Eucaristía, dejándonos su Cuerpo y su Sangre.

Fue en ese momento, junto con el lavatorio de los pies que había realizado antes de que se sentaran a la mesa, donde dejó instituido el sacramento del Orden Sacerdotal, invitándolos a “hacer lo mismo que Él”, es decir, servir al pueblo y dar culto a Dios.

El sacerdote tiene en la comunidad tres funciones:

  • Predica la Palabra: Está llamado a hablar en nombre de Jesús para que quienes le escuchan le conozcan y se puedan convertir a él.
  • Preside los Sacramentos: Actúa en nombre de Cristo ante la comunidad, presidiendo los sacramentos, a través de los cuales acerca a Dios a los hombres. Especialmente a través de la Eucaristía, trayéndonos su cuerpo y su sangre.
  • Es Pastor del Pueblo de Dios, y está llamado a conducir a su rebaño hacia la vida eterna.

Sin sacerdotes no tendríamos Iglesia, no habría Cuerpo de Cristo ni sacramentos por medio de los cuales Dios se hiciera presente de manera especial en nuestra vida. Por eso seamos agradecidos con nuestros sacerdotes y recemos por ellos para que sean muchos y santos.

Ahondando un poco…

Sacerdocio común de los fieles y sacerdocio ministerial

El sacerdocio ministerial se diferencia esencialmente, y no sólo de grado, del sacerdocio común de los fieles: “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico se ordena el uno para el otro, aunque cada cual participa de forma peculiar del sacerdocio de Cristo. Su diferencia es esencial no sólo gradual. Porque el sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada potestad que posee, modela y dirige al pueblo sacerdotal, efectúa el sacrificio eucarístico ofreciéndolo a Dios en nombre de todo el pueblo; los fieles, en cambio, en virtud del sacerdocio real, participan en la oblación de la eucaristía, en la oración y acción de gracias, con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y caridad operante”.

Históricamente sabemos que los orígenes de la función Sacerdotal son antiquísimos y su institución obedeció al deseo y a la necesidad del hombre de relacionarse con su “Creador”, y es esa precisamente la misión del Sacerdote, ser mediador e intercesor.

Pasando ya a los tiempos del Nuevo Testamento, es claro, innegable y Supremo Dogma reconocer que Cristo Jesús es el SUMO SACERDOTE (Hebreos 5,1-10), ministerio que ejerció de manera especial la noche en la que instituyó la Sagrada Eucaristía, confiriendo a sus discípulos y a sus sucesores la Misión de consagrar el Pan y el Vino con el mandato de “Haced esto en memoria mía” (Lucas 22,19), instituyendo así el Sacramento del Orden y de manera particular confirmando su Supremacía Sacerdotal con su Muerte y Resurrección.

Respecto a las muchas definiciones del Sacerdocio Ministerial, el Padre dominico Enrique Lacordaire da una definición especial en la cual de manera sencilla pero profunda pone de manifiesto la grandeza del Sacerdote, sus funciones y su misión, esa definición reza así:

Sacerdote de Jesucristo

Vivir en medio del mundo sin ambicionar sus placeres, ser miembro de cada familia, sin pertenecer a ninguna; compartir todos los sufrimientos, penetrar todos los secretos, perdonar todas las ofensas, ir del hombre a Dios y ofrecer a El sus oraciones, regresar de Dios al hombre para traer perdón y esperanza, tener un corazón de fuego para la caridad, y un corazón de bronce para la castidad; enseñar y perdonar, consolar y bendecir siempre, Dios mío, qué vida! Y esa es la tuya, oh sacerdote de Jesucristo!”.

Verdaderamente esta definición pone de manifiesto la grandiosidad de la misión encomendada por Cristo al sacerdote, misión que ni aun los Ángeles, seres de creación superior al hombre, pueden dar al hombre las Gracias Sacramentales.

En la actualidad, como en los tiempos difíciles en que le correspondió vivir, a San Juan María Vianney, es preciso que todos los cristianos, no sólo los sacerdotes, nos distingamos por nuestro actuar consecuente con la fe que profesamos, demostrando de esta manera que el Reino de Dios ya está entre nosotros. Recordemos que como oportunamente lo afirmara su Santidad Pablo VI, “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio”, y es eso precisamente lo que la sociedad de hoy nos critica a los cristianos, nuestra falta de coherencia con lo que decimos profesar. Durante la celebración litúrgica en la que los seminaristas recibimos el Libro de los Evangelios, el obispo nos lo entrega con esta recomendación: “….Recibe el Libro de la Palabra, cree lo que lees, enseña lo que crees y practica lo que enseñas…”. Sinceramente esta invitación no es sólo para quienes hemos recibido el Sacramento del Orden, sino que igualmente debe ser acogida en plenitud por todos los bautizados, quienes por el Sacramento del Bautismo reciben el sacerdocio del Pueblo de Dios.

Para leer el artículo completo: Centro de Estudios Católicos


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El Centro de Estudios Católicos (CEC) es un punto de encuentro dedicado al estudio, la reflexión y el diálogo sobre diversas realidades humanas iluminadas por la riqueza de la fe, buscando impulsar un compromiso activo de los laicos, contribuir a hacer más comprensible a los hombres y mujeres de hoy la fe, y acoger e incentivar las diversas manifestaciones de lo que de humano hay en la actualidad.

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