Los grados del Orden Sacerdotal

No muchos saben que aunque el sacerdocio de Cristo es uno solo, existen en la Iglesia 3 grados dentro de este ministerio ¿Sabes cuáles son?

Uno de los grados de orden, es el de los diáconos. Seguramente los has visto pero quizás, no los has reconocido.

Son hombres que van al seminario y antes de ordenarse sacerdotes se ordenan diáconos de forma transitoria. Estos pueden bautizar, predicar y repartir la comunión, pero no pueden celebrar la misa, consagrar, ni confesar.

Hay también unos varones solteros o casados que son ordenados diáconos para quedarse así y ayudar a los sacerdotes: son los diáconos permanentes.

En otro orden, están los presbíteros, que pueden convertir el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, pueden presidir misa y pueden perdonar los pecados. Todos los sacerdotes hacen promesas (no votos), o sea, que prometen: el celibato (esto significa que renuncian al matrimonio y a tener hijos). Además se comprometen a imitar las virtudes que vivió Cristo de oración, pobreza y obediencia.

Finalmente se encuentran los obispos. El Papa es quien los escoge y les encarga una zona o territorio específico de la Iglesia, una diócesis. El obispo vela por varios sacerdotes que a su vez cuidan de sus parroquias. Varias parroquias hacen una diócesis. Los obispos hacen las mismas cosas que cualquier sacerdote común y corriente y, además, son los que administran el Sacramento de la Confirmación y los únicos que pueden ordenar otros sacerdotes. Algo muy importante es saber que un obispo debe ser siempre fiel al Papa.

Oremos por nuestros diáconos, presbíteros y obispos para que puedan ofrecer con generosidad, fidelidad y entrega su servicio a la Iglesia.

Ahondando un poco…

Por la imposición de las manos, el cristiano puede ser llamado a servir en la Iglesia en tres grados u órdenes distintos: como obispo, como presbítero o como diácono. Los dos primeros participan del sacerdocio de Cristo cabeza mientras que el tercero está destinado a transparentar a Cristo siervo.

El episcopado

Los Apóstoles comunicaron a sus colaboradores el Don del Espíritu Santo para presidir las comunidades cristianas que nacían por la predicación de la palabra en todo el imperio romano. Así vemos cómo San Pablo mismo ordena a Timoteo y Tito: “al partir yo para Macedonia te rogué que permanecieras en Éfeso para que mandaras a algunos que no enseñaran doctrinas extrañas” (1 Tim. 1,3). “El motivo de haberte dejado en Creta, fue para que acabaras de organizar lo que faltaba y establecieras presbíteros en cada ciudad como yo te ordené” (Tit. 1,5).

Al saludar a los filipenses en su carta, menciona cómo desde los tiempos apostólicos, existen estos tres grados perfectamente establecidos: “Pablo y Timoteo, siervos de Cristo Jesús, a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, con los epíscopos y diáconos, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Fil. 1, 1).

El Concilio Vaticano II en su documento Lumen Gentium (la luz de las naciones) nos dice: “Entre los diversos ministerios que existen en la Iglesia, ocupa el primer lugar el ministerio de los obispos que, a través de una sucesión que se remonta al principio, son los transmisores de la semilla apostólica” (LG 20). Los obispos gozan “de la plenitud del Sacramento del Orden”. Es la cumbre del ministerio sagrado. El obispo está destinado para santificar, enseñar y gobernar a los fieles.

Por la Consagración Episcopal, el obispo queda constituido como miembro del colegio episcopal en comunión jerárquica con el Papa y con los demás obispos. Esta colegialidad del episcopado queda manifestado en el hecho de que para consagrar a un obispo normalmente se requiere la participación de varios obispos y la intervención especial del Papa, de quien recibe el nombramiento directamente.

El presbiterado

Ya desde el inicio, como hemos visto, los obispos se vieron en la necesidad de ayuda en diversos niveles y ordenaron presbíteros y diáconos. Los primeros están unidos al orden episcopal y participan de la autoridad y poderes con los cuales Cristo construye, santifica y gobierna a su Iglesia. Aunque no tienen la plenitud del sacerdocio, están unidos al obispo y quedan consagrados como verdaderos sacerdotes de la Nueva Alianza, a imagen de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

Ya sea en una parroquia, capellanía, movimiento apostólico, misiones, etc. el sacerdote es ordenado para “anunciar el Evangelio a los fieles, dirigirlos y para celebrar el culto divino”.

Las oraciones de la ordenación sacerdotal expresan bellisimamente el papel del futuro presbítero:
De igual manera que diste a los Apóstoles de tu Hijo colaboradores subordinados, llenos de fe y sabiduría, para que los ayudases a predicar el Evangelio por todo el mundo, te pedimos Señor, que nos concedas también a nosotros esta misma ayuda que necesita tanto nuestra fragilidad”.

Por su parte, el Prefacio de la Misa, entre otros conceptos ora del siguiente modo:
Porque Cristo no sólo comunica la dignidad del sacerdocio a todo el pueblo redimido, sino que con especial predilección y mediante la imposición de las manos, elige a algunos de entre los hermanos y los hace partícipes de su ministerio de salvación, a fin de que renueven, en su nombre, el sacrificio redentor, preparen a tus hijos el banquete pascual, fomenten la caridad en tu pueblo santo, lo alimenten con la palabra, lo fortifiquen con los Sacramentos y consagrando su vida a Ti y a la salvación de sus hermanos, se esfuercen por reproducir en sí la imagen de Cristo y te den un constante testimonio de fidelidad y amor”.

El diaconado

Leemos en los Hechos de los Apóstoles cómo al crecer la comunidad cristiana, los Apóstoles se vieron incapaces de atender adecuadamente sobre todo a las viudas y entonces “convocaron a la asamblea de los discípulos y dijeron: No parece bien que nosotros abandonemos la palabra de Dios para servir las mesas. Por lo tanto, hermanos, buscad entre vosotros a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu y de sabiduría y los pondremos al frente de este cargo… y habiendo hecho oración, les impusieron las manos” (Hech. 6, 2-6), constituyéndolos “diáconos” o sea, servidores.

El obispo les impone las manos significando así que el diácono está especialmente vinculado al obispo en las tareas de la diaconía. Les corresponde, entre otras cosas, asistir al obispo en la celebración de los sagrados misterios, sobre todo en la Eucaristía y en la distribución de la misma. Pueden asistir al matrimonio y bendecirlo, proclamar el Evangelio y predicar, presidir exequias, bautizar, etc.

Desde el Concilio Vaticano II la Iglesia ha restablecido el diaconado como ministerio permanente, entre varones solteros o casados, lo que viene a ser una grandísima ayuda a los presbíteros, que como los apóstoles, están normalmente abrumados de trabajo.

 

El diaconado, el presbiterado y el episcopado son grados sacramentales del Orden. No son tres sacramentos distintos, sino que los tres constituyen un único sacramento, el del Orden sacerdotal.

Para leer el artículo completo: Centro de Estudios Católicos


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El Centro de Estudios Católicos (CEC) es un punto de encuentro dedicado al estudio, la reflexión y el diálogo sobre diversas realidades humanas iluminadas por la riqueza de la fe, buscando impulsar un compromiso activo de los laicos, contribuir a hacer más comprensible a los hombres y mujeres de hoy la fe, y acoger e incentivar las diversas manifestaciones de lo que de humano hay en la actualidad.

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