No me hables de misericordia

Esta mañana mientras desayunaba he comenzado a leer la revista XLSemanal que llega cada domingo. En ella aparecía un artículo titulado: “Las esclavas del califato”. Aparecían diversos testimonios de mujeres que habían sido secuestradas y hechas esclavas sexuales por el ISIS.

Colgaban del cuello un papel con tu nombre y te vendían”. Shadi, 18 años, cinco meses secuestrada. “Asistí a la violación despiadada y en grupo de una niña de 12 años”. Amal, 18 años, once meses secuestrada. Una hora más tarde estoy en la capilla ante el Señor orando sobre la misericordia, sobre el amor infinito de Dios y el perdón. ¿Qué sentido tiene el amor y perdón de Dios a la luz de estos sucesos? ¿Cómo hablar o pensar en la misericordia ante tanto sufrimiento, dolor e injusticia? ¡Qué amor ni que ocho cuartos! A mí que no me vengan con eso de que Dios nos ama, porque no es así, eso es un timo.

Madre llorando la muerte de su hijo en Irak
Madre llorando la muerte de su hijo tras el asalto de su vehiculo por insurgentes en irak

Me van a llamar loco, pero precisamente porque ocurren cosas como ésta, porque raptan a una mujer, matan a uno y a otro junto con su familia y porque muchas de estas cosas ocurren en nombre de Dios, hay que hablar de misericordia. Sólo, y repito, ¡sólo con misericordia y de misericordia puede vivir el ser humano! Porque hablar de misericordia es hablar de amor de Dios. Un Dios que quiere amar pero no puede si nosotros no aceptamos ese amor.

Algunos me dirán que es muy fácil decir todo esto estando aquí, en una capilla, alejado de los problemas del mundo de los que ahora tengo la osadía de hablar y que únicamente veo y vemos en el telediario de las 21:00 o en la prensa escrita diaria. Tienen razón, en cierto modo, puesto que todo aquel que toca la carne de Cristo sabe de lo que se habla, y esto lo hacemos, incluido yo -claro está-, en la Eucaristía. Pero para bien o para mal, guste o no guste, por suerte o por desgracia, ha llegado nuestro momento: “Ha llegado de nuevo para la Iglesia el tiempo de encargarse del anuncio alegre del perdón” (Misericordiae Vultus 10), del anuncio del Dios que sufre hasta la muerte los dolores del mundo, ese Dios que reside en nuestro ser y nos hace descubrir la inmensidad del amor humano que es amor divino.

Jorge Ugalde JMJEn la medida en que consigamos que el amor de ese Dios que sufre por una humanidad rota penetre en cada una de las personas que nos rodean, este afán por denunciar el sufrimiento, buscar cambiarlo y anunciar la misericordia de Dios en medio de ese dolor como solución para este mundo, no será cuestión de unos “chiflados” cristianos, sino de todas y cada una de las personas que formamos esta humanidad. ¿Estamos mal? Fatal ¿Que hay sufrimiento? Decir mucho se queda corto. ¿Que Dios nos ama? Verdad. ¿Qué haces tú para amar? Me da igual, sólo hazlo. Si te sirve, yo lo intento.

Por último, respondamos a la petición que el Papa Francisco nos hace en la bula Misericordiae Vultus: “No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el animo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. QUE NUESTRAS MANOS ESTRECHEN SUS MANOS” (MV 15).


Jorge UgaldeJorge Ugalde
Seminarista Diocesano de Bilbao
3º Filosofía-Teología (II Fase)

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