No temáis, soy yo

Juan le dijo: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre; pero se lo hemos prohibido, porque no es de los nuestros” (Mc 9, 38)

Basta una sola línea para que el evangelista San Marcos, con su estilo sencillamente profundo y profundamente sencillo, muestre un problema que desde el principio afecta a los seguidores de Jesús. Los discípulos, creyendo estar movidos por una lealtad que emana del amor a Jesús impiden la acción del Espíritu Santo: el mismo Jesús les responde, sin esperar una explicación detallada: “No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre podrá luego hablar mal de mí”. Los discípulos no han entendido que no han actuado movidos por el amor, sino por su contrario, el temor: “Donde hay amor no hay temor. Al contrario, el amor perfecto echa fuera el temor, pues el temor supone castigo” (1 Jn 4, 18).

Ese temor generador de recelo que habita en los apóstoles en ese momento, pero que, tras la resurrección del Señor y el envío del Espíritu Santo, desaparece, es un peligro real al que hay que mirar a la cara en este Año de la Misericordia. La misericordia no deja de ser una de las expresiones del amor puro de Dios y de quien es de Dios. Y la misericordia no es amiga de la condena ni del castigo. En este Año de la Misericordia, y mucho más ahora que estamos celebrando la Pascua, tenemos la oportunidad, la gracia, de que se cumpla en nosotros, los cristianos del siglo XXI, lo que Tertuliano afirmaba de los cristianos del siglo II, que de ellos se decía: “¡Mirad cómo se aman!”.

Han pasado casi dos mil años desde entonces, y tenemos una gran tradición teológica que, asistida por Dios mismo, ha ido profundizando en los misterios de la fe. No obstante, ya lo dijo San Pablo: “Si tengo el don de profecía, y entiendo los designios secretos de Dios (…) pero no tengo amor, no soy nada” (1 Cor 13, 2). ¿De qué nos va a servir tanto saber si el timón de nuestra vida no es el amor, sino los prejuicios y el recelo  hacia lo diferente que surgen del temor?

Carcas, progres, herejes, beatorros, ateos, listillos, ignorantes, intelectualoides, engreídos, estrechos de miras… Son términos que suenan en nuestra diócesis, palabras que son lanzadas como afilados dardos cargados de veneno contra objetivos que, a menudo, ni siquiera conocemos, pero que nos han podido parecer peligrosos. Parece que rápidamente nos posicionamos, y si no comenzamos el ataque ten por seguro que lo seguiremos, lo que sea con tal de no morir. Olvidamos que los seguidores de Jesús “si beben algún veneno, no les dañará” (Mc 16, 18), que, por tanto, no hemos de temer, pues si tememos no podremos amar, y es que “el que teme no ha llegado a amar perfectamente” (1 Jn 4, 18).

El Año de la Misericordia es el tiempo de recordar, de volver a pasar por el corazón, que “el que dice: «Yo amo a Dios», pero al mismo tiempo odia a su hermano, es un mentiroso” (1 Jn 4, 20). De quien se ama no se habla mal. A quien se ama, se le cuida, se busca entenderle, conocerle y, si se equivoca, corregirle con amor.

No es mi objetivo dañar a nadie, sino que el amor que siento por esta diócesis y por toda la Iglesia sea compartido. Y que mi no menos imperfecto amor crezca y se perfeccione también, para ser como el de Cristo resucitado por todos los hombres y mujeres. no busco tampoco que nos fustiguemos, bien lo dijo Aldoux Huxley: “Revolcarse en el fango no es la mejor manera de limpiarse”, sino que entendamos que, junto a la indicación: “Pero tengo una cosa contra ti: que ya no tienes el mismo amor que al principio”, va seguida la invitación a acoger la misericordia del Padre: “recuerda de dónde has caído, vuélvete a Dios y haz otra vez lo que hacías al principio” (Ap 2, 4-5). El Año de la Misericordia no es el año de nuestro castigo, sino el de nuestra nueva vida “conforme al Espíritu” (Rom 8, 4).

pedro agua

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One thought on “No temáis, soy yo

  1. A.G.E

    Gran articulo Alex

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