Psicología, para acompañar y servir

Además de haber pasado a la etapa pastoral -en la cual se vive fuera del seminario y se realizan distintas actividades pastorales, en función del destino asignado-, este curso se me ha ofrecido la posibilidad de comenzar la carrera de psicología.

Para mí la noticia fue una gran alegría, ya que veo estos estudios como un futuro servicio a la diócesis y como una oportunidad de aprender más acerca de las personas, que son, a fin de cuentas, con quienes y por quienes voy a trabajar el día de mañana.

La experiencia ha sido indudablemente positiva. Es verdad que ha habido momentos de frustración: en un primer momento por encontrarme inmerso en una realidad en la que la gran mayoría de mis compañeros tienen dieciocho años, más adelante al comprender que en ocasiones es difícil conjugar los tiempos de pastoral y de estudio y, en consecuencia, viéndome obligado a establecer prioridades…

Pero insisto en que el resultado ha sido muy satisfactorio para mí. Y no me refiero solo al hecho de estudiar materia que es perfectamente compatible e incluso complementaria a mis estudios teológicos (y es que nunca hay que olvidar que el ser humano es una unidad integrada por distintas dimensiones, todas valiosas e importantes), sino que, además, creo haber crecido como persona y como seguidor de Jesús, haciendo siempre opción en primer lugar por las personas que conforman las comunidades en las que me muevo.

Sin duda, ha supuesto un esfuerzo mayor del que preveía a principios de curso, pero al poner todo esfuerzo, por infecundo que en ocasiones pueda parecer, al servicio del Reino de Dios, abre una nueva perspectiva: la de comprender que Él es quien hace y que yo, en lo que pueda dentro de mi limitación, quiero ser un instrumento en sus manos.

En cuanto a la materia que estudio, la psicología, mucha gente me ha preguntado si la considero valiosa en mi recorrido como seminarista. Mi respuesta es un rotundo sí: en esta sociedad en la que vivimos hay mucha gente que se siente sola, que se siente inferior, que no se ama o que no sabe amar a otros. La Iglesia, como testamento vivo del Resucitado, aquél que se acercó a todos para escucharlos, ha de saber acoger a todas y cada una de estas personas y, personalmente, veo que mis estudios en psicología me aportan nuevas herramientas para comprender a todos y, así, saber quererlo más y mejor.

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