Se nota y se siente que Dios está presente

Jorge Ugalde nos cuenta cómo ha sido su verano.

Antes de comenzar el verano escribía que para todo cristiano la oración, la vida sacramental, eclesial y de servicio no cesa. Somos de y en Cristo hijos del Padre por la acción del Espíritu. Y por ello, el tiempo de verano, los meses de julio y agosto, es tiempo de seguir creciendo en Dios dejándonos amar por Él para poder amar con el mismo amor que nos tiene. Cursar el segundo verano del Master en pastoral familiar y los campamentos a los que asistí la primera quincena de julio han sido una oportunidad para vivir esto mismo. Lo cual me llevaba a la siguiente reflexión.

En primer lugar, uno de los grandes riesgos que podemos correr, tanto en la pastoral, como en la vida cristiana, es sacar a Dios de nuestra reflexión, del discernimiento, del acompañamiento e incluso de la vida sacramental. Un ejemplo claro puede ser que nuestra oración, el diálogo con Dios, se convierta en la lectura o escucha de algunos cuentos entretenidos que tienen por objeto nuestra mejora personal. Está bien que busquemos ser mejores personas, pero lo seremos en la medida en que lleguemos a ser lo que por gracia y amor de Dios ya somos: hijos en el Hijo. Para ello somos llamados descubrir Su voluntad dejando, con nuestra pobre ayuda, que Él transforme nuestras vidas. Fue impactante poder escuchar los testimonios de algunos matrimonios y jóvenes de las parroquias de Begoña, Artxandape y La Peña. Él está presente en sus vidas y en la nuestra, en los momentos buenos y en los no tan buenos, en una palabra, un gesto, un amigo… y, especialmente, en los sacramentos a través de los cuales Dios modela de forma singular al ser humano que los recibe.

Unida a esta primera idea, he coincidido con personas de diversos grupos, movimientos, asociaciones de la Iglesia. He coincidido con la Iglesia, con su dimensión universal. El Espíritu se mueve y va dando vida haciendo presente a Cristo. Son mucho los caminos en la Iglesia por los que Cristo quiere llevarnos al Padre.

En tercer lugar, el matrimonio ilumina la vocación sacerdotal. La entrega generosa de los esposos, la importancia de la comunicación en el matrimonio, estar juntos… hablan de la entrega del sacerdote a la Iglesia esposa. El sacerdote es llamado a crecer en el amor por la Iglesia cuidando la comunicación y el estar frecuente con Dios que lo ama y desea enseñarle a amar. Así también el sacerdote puede iluminar el ser esposo y esposa.

Por último, soy fan de las sencillas anécdotas. Uno de los días del master subía con un padre de familia por las escaleras del Seminario menor de Segorbe donde nos alojábamos. Pasamos junto a la puerta de la capilla y entramos a saludar al Señor. Como cuando alguien se cruza con un amigo al que acostumbra ver y se detiene para cruzar algunas palabras. Al salir, este padre me dijo: “Qué gozada poder entrar y saludar al Señor de esta forma. Me da vida.” Dios bendice los pequeños gestos de amor que sus hijos le dirigimos.

Jorge con gente del campamento de este verano, de las parroquias de Begoña, Artxandape y La Peña
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