“Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde. Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; y si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Y si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; y si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría”.

Así dice el autor de la primera carta a los corintios, y así debe ser para cualquier persona que quiera seguir e imitar a Jesús. La caridad, por tanto, ha de tener un lugar privilegiado en la vida de los seminaristas. Los estudios son necesarios, la oración no lo es menos, la entrega es esencial. Pero sin el amor como principio rector, los estudios quedan sin aplicación, la oración se desnaturaliza y la entrega se enfría hasta convertirse en una obligación rutinaria.

El servicio y la caridad son indispensables en la formación de los seminaristas, por eso se nos proponen distintas acciones: salir a la calle a ofrecer desayunos a las personas sin hogar, visitar a sacerdotes mayores, formar parte de la peregrinación a Lourdes… Son actividades cuyo fin único y exclusivo es el bien de la persona con la que uno se encuentre, el reconocimiento de la grandísima dignidad de ese hombre o de esa mujer, y el intento de hacer ver que Dios nos ama a cada uno de nosotros y no deja de velarnos.

El corazón del seminarista ha de ser como el de Cristo, atento, generoso y, ante todo, misericordioso. El Año Santo de la Misericordia, que pronto inaugurará el papa Francisco, debe ser oportunidad de hacer de esta caridad una opción de vida, poniendo en todo nuestro obrar el máximo posible de amor. O puede que incluso más. Y es que la caridad no sólo no se gasta, sino que genera más caridad: así es el carácter paradójico de Dios, quien multiplica lo bueno y hace que las personas -finitas como somos- podamos llevar su infinita presencia, acompañando, dando consuelo, animando…

El seminario es periodo de formación. De formación de sacerdotes, de otros Cristos, de personas que no han venido a ser servidos, sino a servir. Y ese servicio, ese darse a los demás, ese ser últimos para que otros sean los primeros, hay que ir viviéndolo: las experiencias en las periferias –que no necesariamente están fuera del país, del barrio o incluso de la casa- romperán los corazones de piedra para ceder su lugar a otros de carne. Y esto es primordial. El número de seminaristas de la diócesis de Bilbao aumenta. Si nos dejamos forjar por el Espíritu Santo y buscamos dar imagen del amor del Padre mediante la imitación del servicio del Hijo, también aumentará el número de servidores.


alex andreu

Alex Andreu
Seminarista Diocesano de Bilbao
4º Filosofía-Teología (II Fase)

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