Warren Worthington, alias Ángel, es abucheado mientras salva a una niña

Desde finales de los años treinta, distintos personajes de cómic fueron naciendo y ganando admiradores. Se trataba de los superhéroes: hombres y mujeres que rozaban la perfección tanto en el plano físico como en el moral, que salvaban vidas poniendo en riesgo las suyas propias y a quienes todos adoraban. Pero años más tarde, en la década de los sesenta, otros personajes aparecieron y llamaron la atención del público: Spiderman y la Patrulla X, jóvenes inseguros que procuraban hacer el bien y, a cambio, solo recibían odio e incomprensión. No se los llamaba “superhéroes”, sino “amenaza enmascarada” a uno, y “mutantes” o “monstruos” a los otros. Desde siempre, estos últimos han sido mis favoritos y, en mi opinión, los auténticos héroes de los cómics.

Y es que un héroe no es alguien perfecto que nunca flaquea ni se equivoca, sino alguien que sufre, pero se levanta cuando cae, que se conoce y desea mejorar y que, ante todo, se entrega por amor. Si el héroe lo es, no es por sobresalir de manera extraordinaria en determinado aspecto, sino por superar su miedo y no permitir que su debilidad triunfe para siempre. No solo en los cómics, por supuesto, también hay miles de ejemplo de heroicidad en la literatura, como el infravalorado Sam Gamyi, el tímido Konstantín Dmitrich Lyovin o la pequeña Momo, entre muchos otros. Son ejemplares ficticios que nos pueden edificar, pero ninguno de ellos es para nosotros como el ejemplo real del mismo Cristo. En solo cuatro versículos, San Marcos lo refleja claramente:

Luego fueron a un lugar llamado Getsemaní. Jesús dijo a sus discípulos:

–Sentaos aquí mientras yo voy a orar.

A pesar de no sentir a su Padre, Jesús decide confiar plenamente en Él
A pesar de no sentir a su Padre, Jesús decide confiar plenamente en Él

Se llevó a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentirse muy afligido y angustiado. Les dijo:

–Siento en mi alma una tristeza de muerte. Quedaos aquí y permaneced despiertos.

Adelantándose unos pasos, se inclinó hasta tocar el suelo con la frente, y pidió a Dios que, a ser posible, no le llegara aquel momento de dolor. En su oración decía:

–Padre mío, para ti todo es posible: líbrame de esta copa amarga, pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú.

Jesús reza en el Huerto de los Olivos, habiendo ya asumido la carga del pecado del mundo, incapaz de sentir la presencia de su Padre y teme, desespera y sufre. Ahí es más heroico que nunca, ya que no permite que el miedo le atenace y opta por entregarse de la manera más radicalmente amorosa posible. Jesús, verdadero hombre, nos muestra el modo de ser nosotros verdaderos héroes.

Por eso, no dudo en afirmar que vivo rodeado de héroes. Es muy probable que no destaquen hasta el punto de que lleguen a narrar sus proezas, pero entre mis familiares y amigos puedo distinguir auténticos héroes, que sonríen a pesar de su tristeza, que trabajan por su familia hasta agotarse, que escuchan y atienden en todo momento, que no se quejan… son, sencillamente, personas a quienes me gustaría parecerme más. Y, por encima de todo, querría parecerme a Jesús dándose por completo, siendo derrotado para conseguir el mayor de los triunfos. No aspiro a lo imposible, sino a lo mejor. No aspiro a ser un superhéroe, sino a ser un héroe.

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