Templada en la Fragua de Dios

Sor Encarnación ha estado sentada un par de horas. Parece que ya no se marea. Quizá, mañana o pasado, pueda recibir el alta del hospital.
Es la hora de acostarse, y llega una auxiliar para ayudarla. Nos retiramos, pues, al pasillo otra Monja y yo. Cuando, al cabo de unos minutos, sale la empleada, escuchamos, con cierta sorpresa, cómo se deshace en alabanzas a la enferma: “¡Qué mujer! Siempre colaborando. Sin quejarse. Dando las gracias por todo.”
Unos instantes después, se acerca al umbral de la habitación una enfermera: “¿Todo bien?” Y se admira, con expresividad, de la paz que transmite esta paciente.
– “¿Has visto, Madre? ¡Menudo testimonio que estás dando!”
– “¡Si yo no hago nada!”
¡Claro que no hay nada artificioso o forzado en su proceder! ¿No será esa, precisamente, la clave? Aquí hay alguien que se presenta a sí misma con naturalidad, sin aspavientos. Ha madurado en el Amor de Dios. Y eso ofrece, sin ser consciente.
Apertura a Dios; Consagración a Él de todo su ser, entrega fiel, solicita y sacrificada; sufrimientos que no se esquivan, incluso en tareas de gobierno del Monasterio; y la Acción de la Gracia. De todo eso se trata. Lo llaman también Santa Perseverancia. No hay atajos.     
Francisco Javier Rojas.
Director del Secretariado para los Monasterios de Clausura de la Diócesis de Bilbao
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