Celebramos hoy la Sagrada Familia, y, dentro de ella, la figura de José es de especial relevancia para los seminaristas y los sacerdotes. Él, que podría ser considerado un intruso en la familia divina de María y Jesús, es aceptado por Dios, que lo afianza como esposo de María (Mt 1,20) y aceptado por María, que lo llama padre de su hijo (Lc 2, 48).

Nace así la Sagrada Familia, y es ejemplo vivo de otras sagradas familias, como la que une como hermanos a los sacerdotes. ¿Es posible que dos personas que no se han conocido hasta ya adultos puedan ser hermanos? De hecho, así es. Y este fenómeno, sin duda milagroso, se da también desde el mismo seminario. Al igual que José, hemos recibido una vocación familiar de un modo que no esperábamos, pero que viene de Dios y que Él ha previsto que nos llene como nada.

Y también al igual que José, estamos llamados a ser carpinteros. Y es que el edificio de la fraternidad presbiteral es como el pesebre en el que nace Jesús: contiene algo enorme y misterioso, pero sus paredes son frágiles y requieren de continuo mantenimiento. El amor –pues de eso hablamos, a fin de cuentas- no es pasivo, dejado y fofo, sino activo, interesado y vivo. Somos pocos, y necesitamos querernos para crecer juntos, como un mismo cuerpo de Cristo. Y, ojo, si fuéramos muchísimos, habríamos de querernos igual. Dejémonos, pues, llevar por ese amor del Espíritu Santo, que ansía llenarnos por completo para que nos desvivamos por los hermanos.

¡Feliz Navidad, sacerdotes y seminaristas de la diócesis de Bilbao y del mundo entero! Que San José, igual que veló por el Niño en estos días hace siglos, vele por nosotros y nuestro amor.

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