“Y descubrir la verdad: el poder del corazón”

Así terminaba la canción de unos dibujos animados de los noventa que cautivaron a muchos niños. Entre ellos estaba yo: me encantaba la historia de esos ocho chavales que luchaban por salvar el mundo, acompañados de sus fieles monstruitos, los Digimon. Lo que más me impactaba era que, aunque los niños se enfadaban y peleaban a menudo, no podían vencer a los villanos si no permanecían unidos. La amistad era una de los protagonistas de la serie.

            Han pasado diecisiete años desde entonces, pero todavía guardo el recuerdo, así como una convicción: la amistad es una de las protagonistas de la vida, es un don por el que dar gracias a Dios. Todos necesitamos amigos, Los seminaristas (y sacerdotes) de un modo especial. “Sin amigos nada me es amable”, afirma San Agustín, y yo cada día lo creo más.

            En una vida célibe es fácil adquirir manías y terminar siendo un solterón malhumorado y raro. Por eso, es necesaria la presencia de personas que te ayuden a distraerte, que te hagan reír y pasarlo bien, que te escuchen y te comprendan… pero, sobre todo, han de ser personas que tengan la confianza suficiente como para corregirte y apoyarte. Puede ocurrir que esta gente esté dentro del seminario, puede que esté fuera, puede que incluso no sea creyente… sea como sea, lo que es seguro es que los amigos de verdad son mediaciones del mismo Dios. Y no solo vienen de Él, sino que, además, nos llevan a Él, porque nos ayudan a ser como el propio Dios, Uno y Trino: perfecta comunión, perfecto amor.

            Esta es la esencia de la Santísima Trinidad; es la alegría que Jesús experimentó con Marta, María, Lázaro, así como con sus discípulos (“Ya no os llamo siervos,…, os llamo amigos”, Jn 15, 15); y es lo que ahora desea para nosotros. Qué importante es esto para nosotros, los seminaristas. Por eso, no se me ocurre más que dar gracias al Señor por todos los amigos que pone en mi vida, amigos que me ayudan a superar el egoísmo y la soledad, para pensar en claves de amor, perdón y alegría.

            Esto es lo que me enseñaron esos ocho niños, Tai, Matt, Sora, Joe, Izzy, Mimi, TK y Kari, “descubrir la verdad: el poder del corazón”, y es lo que en estos años de seminario voy comprendiendo, que “no hay amor más grande que el que a uno le lleva a dar la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Como ya he dicho, doy gracias a Dios por  ello, y doy gracias  a cada uno de mis amigos, de todo corazón. ¡Gracias por seguir ayudándome a crecer!

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