– Luego te hablo de la Madre. Antes, déjame que me detenga en Tino.
– Es el Cura nuevo, ¿no? No le conozco.
– Sí, sólo lleva unos meses por esos pueblos. Viene de pasar una docena de años en la Misión; casi toda su vida sacerdotal. Sus Homilías me hacían pensar mucho.
El caso es que, un día, a la salida de Misa nos pusimos a charlar. Y, sin más ni más, suelta: «Comunidades como ésta son un capricho que ya no nos podemos permitir; ¡cuando tantos sufrientes que atender tenemos cerca y lejos! ¿A qué dedican estas Monjas la vida? ¿Para qué tanto rezar? ¿Es que necesita Dios que Le digamos lo que hay que hacer? ¡Ojalá se uniesen a tantas Consagradas que tenemos en las trincheras contra la pobreza! ¿O es que esas no rezan?»
– ¡Caray, no se puede decir que anduviese con rodeos!
– Esa tarde no saqué de la cabeza sus palabras. ¿Tendría razón? ¿Es que no ha de vivir cada persona bautizada su ser contemplativo? Y para estos Monasterios, ¿no habrá pasado ya su momento en la historia?; ¿no habrán quedado superados por la evolución sociológica e, incluso, teológica? ¿Estarían malogrando su vida esas Monjas que tanto bien sentía que me estaban haciendo?
Francisco Javier Rojas
 Director del Secretariado para los Monasterios de Clausura de la Diócesis de Bilbao
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