– «¿A usted, qué le parece, Madre?», le pregunté. «A mí no me parece nada. Es cosa clara que Dios te busca; quiere que respondas al proyecto con que Él sueña para ti desde toda la Eternidad. Pero eso, ya lo sabes tú también.» «Y no me va a dejar en paz hasta que me decante por ese sueño, ¿verdad?» «Eso me temo», me respondió, con un brillo en los ojos que me recordó al de mi madre cuando, de críos, se disponía a comernos a besos a mis hermanos o a mí.
– De modo, que la pelota sigue en tu tejado.
– Así es, Kepa. Yo, tan práctica, habría deseado una resolución categórica. Pero, con todo, salí muy contenta de esa conversación. ¡Cuánto nos ayuda la escucha sincera, cuando brota de lo más hondo de las entrañas! Además, me sentí muy a gusto compartiendo lo más profundo de mí misma con alguien en quien adiviné sabiduría e, incluso, santidad.
– ¿Te das cuenta del paso de gigante que has dado, Ana?
– ¿Tú crees que es tanto? Bueno, sí, creo que tienes razón. Mira: Esa sed, que me inquietaba, se ha transformado en una cálida sensación de intimidad con Dios. A ti, me atrevo a decírtelo: Es como si estuviera penetrada de Él, esperando cómo será Su alumbramiento en mi vida y qué modalidad adoptará. Creo que vosotros, los Curas, lo llamáis el «amor primero» o algo así, jejejé.
– Algo así, sí. Y conviene volver a él con asiduidad.
– ¿Y sabes otra cosa? Noto que mi oración se ha enriquecido. Lo que soy y lo que vivo se hace presente con mayor naturalidad; sin forzar, como si hubiese que encajarlo esforzadamente en la petición o en la acción de gracias o en la alabanza. Todo lo cual, no se habría desarrollado así, si la Madre Catalina hubiese optado por decirme lo que ella cree sobre mi momento, que es, claramente, un momento decisivo, de ser o no ser, de decantamiento vocacional.
– Ese atajo no lo habría escogido ni siquiera yo, jajajá.
– Eso ya lo he visto, jajajá. Tú estás rezando mucho por mí, ¿verdad?
– Ya sabes tú que sí. ¡Con toda el alma!
– ¡Cuánto te lo agradezco! Aunque, sábete que también yo lo hago por ti. Y, desde que le conocí, no me olvido, en mi oración, de ese Tino.
– Ana, no te había visto nunca ese Rosario que asoma de tu bolso.
(continuará)
Francisco Javier Rojas
Director del secretariado para los Monasterios de Clausura de la Diócesis de Bilbao
(Visited 101 times, 1 visits today)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.