– ¡Ana!, ¿has vuelto con Baldo?
– ¿Qué dices, Ama? ¿Ya estamos?
– ¡Perdona!, pero, esas rosas…
– ¡Ah!, me las ha traído a la oficina un usuario agradecido. ¡Jo, menuda alegría que me he llevado! Ha sido uno de esas ocasiones en las que hemos podido encender luces en la vida de una persona y, con ella, en las de toda una familia.
– Son preciosas.
– ¡Ésta es para ti! Con un beso.
– ¡Muchas gracias, hija!
– Las demás las repartiré entre Rebe, los enfermos que visito y la Madre María, tanto en la Parroquia como en mi pequeño santuario.
– Por lo menos, debo reconocer que lo mantienes coqueto y limpio.
– Ama, veo que Pablo no te ha contado lo de Baldo.
– ¿Qué?
– Se presentó en la excursión. Supongo que esperaría que las cosas se definieran, pero para mí resultó muy violenta la situación. Fuimos en autobuses distintos, y yo procuraba mantenerme lejos de su radio de acción.
– ¡Hija mía!
– Después de la comida, vi que D. Serafín y unos cuantos más entraban en la iglesia para orar. Les imité y me senté en un banco perdido por un lateral. El silencio me sobrecogió, y en él experimenté una paz indescriptible. Y con ella, la certeza de una Presencia que me enamoró.
– Ana, ¿estás segura de que no son ilusiones tuyas?
– No, Ama, fue fugaz, pero me dejó marcada. Me sé habitada por Dios, y anhelo la reedición de esa experiencia de Encuentro con Él que sublima mis sentimientos, elevándolos como no sabía posible.
– ¿Y ahora qué?
– No lo sé. Lo que sí sé es que permanecí allí un rato que se me antojó muy corto; pero, al salir, vi que habían pasado dos horas y hasta habían terminado los juegos.
– Pero, ¿no estabas en la organización?
– Sí, pero no era la única, y como iba todo tan bien preparado… ¡jajajajá!
– ¡Ay, Anita, veo que no llegará el día en que te deje sin palabras!
– Bueno, el caso es que fui entonces yo quien, con decisión, buscó a Baldo. Me acerqué a él y con un sosiego inquebrantable le pedí perdón por haberle hecho esperar, a la vez que le rogué que no me siguiera esperando, que ya tenía la seguridad de que no era el Matrimonio a lo que Dios me llamaba.
– ¿Y cómo se lo tomó?
– Muy bien, aparentemente. Ya sabes que una de las cosas que, desde el principio, me ha gustado de él, es su compostura.
– ¡Ay, hija, no se puede decir que no le estés dando emoción a estos meses!
– Un año ya, Ama; algo más, incluso: Tu hija, que es un poco cerradica para las cosas de Dios. Ya sabes lo del Salmo 50: «pecador me concibió mi madre…»
– ¡Hija, eso sí que no!
(continuará)
Francisco Javier Rojas
Director del secretariado para los Monasterios de Clausura de la Diócesis de Bilbao
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One Reply to “LA VIDA BOCA ARRIBA XIX”

  1. Ana nos tienes con el corazón encogido y con una pregunta, será monja si o no? mira después de tanto estira y encoge, no sé chica porque El es el más bellos de los hombres a qué dudar bueno que sea lo que Dios quiera pero no te demores mucho que te puedes quedar sin aceite perder la lámpara y como el joven rico no encontrarlo más en tu camino esa oportunidad pasa solo una vez niña que pierdes el tren espabila te voy a traer para Canarias para conozcas a la Madre Agrispina veras que va hacer como una aspirina (padrecito f.javier rojas pone cada nombrecitos en la vida boca arriba

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