– ¡Hombre, Pablete, qué pronto vienes hoy!
– ¡Jo, D. Serafín, es que no sabe ud cómo hemos empezado las vacaciones!
– ¡Si tú llevas ya casi un mes de vacaciones, bribón!
– Bueno, me refiero a las de Ana. ¡Madre mía!
– ¿Qué pasa?
– Ayer, llegó a casa a última hora de la tarde, hecha un huracán. No hacía más que llorar.
– ¿Y eso?
– No lo sé, D. Serafín. Yo la oía repetir: «Ellos me meten en canción, y ahora esto.» Como se puede imaginar, no entiendo ni jota.
– No me extraña.
– Pues, no vea: Esta mañana, más lloros, pero con otra muletilla: «¡Cómo le puedo haber hecho esto! ¡Le tengo que pedir perdón, le tengo que pedir perdón!»
– ¿Perdón? ¿A quién?
– Ni idea. Yo la última persona con la que supe que se iba a encontrar es Kepa, pero no crea que eso me ayuda a entender algo.
– ¿Kepa? En fin, Pablo, si estaba tan decidida a pedir perdón a alguien, ya se habrán arreglado. No es cuestión de preocuparse, ¿no te parece?
– Sí, creo que tiene razón. Lo más probable es que, para la comida, me la encuentre más serena.
– Oye, si quieres, puedes ponerte a recontar la colecta de ayer. Ya tienes ahí a María Jesús, que creo habrá terminado de regar las plantas…
– Va a llamar a Kepa, ¿verdad?
– ¿Cómo dices?
– Que me invita a salir para poder llamar a Kepa. ¿A que sí? Eso de «meter en canción» tendrá que ver, supongo, con la idea de ser Monja de Clausura…
– ¿Tú crees?
– Bueno, ¡cada uno, a lo suyo! Yo no soy quién para meterme. ¡Que nadie me ha dado vela en este entierro!
– Gracias, Pablo.
– Vamos, pues, a contar esas chapas, D. Serafín. Veremos qué tal predicó ayer el Clero de esta Parroquia. ¡Jajajajá! ¡Hasta luego!
– ¡Hasta luego, picarón!
– Disculpe, D. Serafín.
– Dime, Pablo.
– Eso que me propuso sobre la entrevista, ya lo he pensado.
– ¡Qué bien! ¿Y?
– Que sí. Quiero hablar con ese Sacerdote, aunque sí que tengo idea de hacer el curso que me queda para obtener mi grado.
– ¡De acuerdo! Déjame que busque el número de teléfono…
– ¿No puedo ir con ud? ¿O no le puede pedir que venga él aquí, y estamos los tres?
– ¡Buena idea; sí, señor!
– Es que, el Seminario me impone lo suyo, la verdad.
– ¡Ay, Pablete, qué alegrías me das! ¡Eres más noble que el platino!
– Bueno, D. Serafín, me voy a contar monedas marrones; jajajajá.
– Ya te pillaré, ya.
Continuará…
Francisco Javier Rojas
Director del secretariado para los Monasterios de Clausura de la Diócesis de Bilbao
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