LA VIDA BOCA ARRIBA XXXII

– ¡Ay, Donse! ¡Cuantísimo me alegro de verte!
– ¡El honor es mío, muy señora Superiora Mayor!
– ¡Menos guasa, que te puedo echar del Monasterio! Que tentada he estado de no autorizar tu visita. ¿Cómo se te ocurre, después de ni sé los lustros sin asomar por aquí?
– ¡Caray, Catalina, siempre has sido de armas tomar, pero este grado de fiereza me era desconocido!
– Todavía, voy a arder en celos por la tal Ana, que me trae en procesión a Curas que no veía desde hacía tanto tiempo: primero, Kepa; ahora, tú. Porque tú has venido por ella, no me lo niegues.
– En fin, Catalina, lo cierto es que tenía muchas ganas de verte.
– Tú te quedas a comer, ¡eso ni se discute! Yo tengo para un rato contigo, pero tampoco te puedo dejar ir sin que estés con la Comunidad; ¡que algunas Monjas no te conocen más que de nuestras encendidas referencias a aquel Visitador, padre de Visitadores!
– ¡Hala, el mismo verbo engolado de siempre, esta Catalina!
– Ya se lo dije a Kepa: esa chica es Monja; rotundamente.
– He sido el último en verlo, pero creo que es indiscutible. Ahora bien, ¿qué pasa, Catalina? ¿Y qué podría hacer yo?
– Rezar, esperar y estar atento. Y ayudar a Kepa, como ya estás haciendo.
– Recuerdo cuando tú entraste aquí. Eras una chavala.
– 18 años, recién cumplidos.
– Yo llevaba poco tiempo de Visitador. Tú tenías un ideal, como también ella lo tiene.
– Pero, yo no tenía miedo. Muchas de nosotras entrábamos más por rebeldía. De hecho, esperé a los 18, porque mis padres no querían ni oír hablar del asunto.
– Llevabas un par de años sin faltar donde las Carmelitas ni una sola tarde de Domingo. ¡Qué consentidas os tenían a tus amigas y a ti! ¿Cuántas guitarras les rompisteis?
– Dos o tres, seguro, jajajá. ¡Qué buenas eran! Yo estaba decidida, cuando vino S. Juan Pablo II. «¡No tengáis miedo!» Fue muy comentado, pero a mí no me dijo mucho, porque no era el miedo mi problema.
– «¡Abrid las puertas a Cristo!»
– ¡Eso sí me llegó directamente al corazón! Porque, quizá, me estaba conformando con un vago idealismo con barniz cristiano. Ese grito apuntaló mi decisión de tocar a las puertas de este Monasterio para aprender a entregar al Señor cada pliegue de mi ser.
– ¡Cuánto trabajaron contigo, sobre todo, la Madre Eufrasia y Sor Amén!
– Lo indecible. ¡Qué sabihonda y repelentita era una!, ¿verdad?
– Nuestra Ana mira mucho hacia atrás, lo que deja. ¿No es eso?
– Eso me temo. Ahora bien, ¿cuando unos novios se casan, tienen seguridades racionalmente contrastadas? ¡Ni por asomo! Sin embargo, el amor ha madurado para que haya una confianza, es decir, una seguridad de quienes creen el uno en la otra.
– ¿Sabes que su hermano quiere entrar en el Seminario el curso que viene?
– Sí, me lo contó Kepa. Oye, Donse, estáte muy atento para barrer estorbos. Por ejemplo, eso de sentirse por encima de las otras… ¡La típica trampa del Maligno! Suponiendo que fuera verdad, ¡que se diga a sí misma que no va a estar por encima de nadie, y punto!
– ¡Gracias! Oye, Catalina, la Madre Eufrasia siempre me sacaba un cafetito…
Continuará…
Francisco Javier Rojas
Director del secretariado para los Monasterios de Clausura de la Diócesis de Bilbao
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