LA VIDA BOCA ARRIBA XXXIX

– ¡Ahí va, mira quién pasa por ahí! Rebe, ¿no puedes entrar un momento?
– ¡Buenos días, D. Serafín, con mucho gusto! ¿Qué se le ofrece?
– ¿Qué se me va a ofrecer? Charlar cinco minutos contigo, ¡te parecerá poco!
– ¡Gracias, D. Serafín! Tenemos mucha suerte con ud: Ud siempre tiene tiempo para todos.
– No sé si lo consigo, pero para eso estoy. No me hallo en situaciones como las de Curas que tienen varias Parroquias que atender o de los que deben compaginar varias Encomiendas del Obispo. Así que, no tengo disculpa.
– Ya, pero esta Parroquia es muy grande…
– Rebe, todos te encontramos cambiada. Y noto que a la gente le encanta trabajar contigo.
– Bueno, lo de Ana y Pablo, estando yo tan cerca…
– ¿Qué?
– D. Serafín, ¡demontre!, tendría que ser de piedra para que no afloraran en mí preguntas. ¡Y ahora, lo de Nico!
– ¿Le conozco?
– No, es el marido de una prima mía. D. Serafín, ¡es increíble! Hasta el martes, que se puso malo, la persona más sana del mundo: ¡ni una gripe siquiera! Murió el viernes, y los médicos no supieron qué tenía.
– ¡Madre mía! Rezo por Nico y por tu prima, Rebe. Y les encomendaré, luego, en la Misa de la tarde.
– ¡Mil gracias, D. Serafín! Avisaré a mi familia… Mire, ¡cómo no va a hacerse una preguntas! Dios nos creó a Su Imagen; por eso, la maravilla que somos. Pero, ¡ay, nuestra naturaleza! Es muchísimo más limitada de lo que nuestra conducta da a entender.
– ¿Y qué me dices de ciencia y tecnología?
– ¡Qué admirables logros! Pero, a la vez, qué necedad convertirlos en absolutos, ignorando sus límites, que incluso la Rebe es capaz de ver.
– Preguntas…
– Sí, D. Serafín, yo creo en Dios. Y me estremezo cuando nos explica ud Su Plan de Salvación, en el que compromete Su propia Vida, Su propia condición divina. Pero, tanto Amor, ¿qué respuesta recibe de Rebe?
– No te agobies, mujer.
– No me agobio, pero quiero sacarle chispas a esta vida que Dios me ha regalado. Y sé que sólo podrá ser recibiendo el Amor de Dios y repartiéndolo en mi rededor entregándome a mí misma.
– Rezo, también, por ti, para que perseveres en esta intención tan llena de Luz.
– ¡Bah!, pero, luego, tengo unas miserias…
– ¡Y quién no, Rebe!
– Mire, hay una vecina a la que no puedo ni ver. Me hizo mucho daño con unas calumnias que propagó sobre mí: que si yo aprobaba siempre usando cascos en los exámenes, que si había ido descaradamente por el chico de una compañera de clase…
– ¡Caray, no pierde el tiempo en asuntos menores!
– Pues, mire, D. Serafín, ha pasado el tiempo, pero no puedo olvidar tanta humillación, cada vez que la veo o alguien me la recuerda.
– Rebe, de esas personas, todos tenemos alguna en nuestras vidas. A mí me ayudó un pensamiento un poco tonto: Si un infarto da conmigo en el suelo…
– ¡Cómo se pone ud!
– Si estoy en el suelo y este desgraciado pasa, casualmente, por allí, estoy seguro de que llamaría a una ambulancia y, probablemente, fuese quien así me salvase la vida.
– ¡No lo había pensado! Se lo contaré a Ana, cuando vuelva de «la experiencia»: ¡a ver si la impresiona tanto como a mí!
Continuará…
Francisco Javier Rojas
Director del secretariado para los Monasterios de Clausura de la Diócesis de Bilbao
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