LA VIDA BOCA ARRIBA XXXVII

– Rebe, ¡feliz Domingo!
– ¡Ana, que nos tienes sin noticias!
– ¡Ah, pues yo he oído cosas muy agradables sobre ti!
– Ya, ¡Pablo! Tuvimos una conversación muy maja, el otro día. Le tenía gratamente impresionado el giro que está observando en la Cofradía.
– Eso me ha dicho. Y también que «a Rebe se la ve distinta». Y lo que tú respondiste a eso.
– Oye, maja, por aquí ha habido, además, otras cosas que te interesan.
– ¿Ah, sí?
– ¡Sí! Resulta que, en el turno de preguntas, al terminar la charla sobre la persecución de Cristianos, se levantó una chica, un poco mayor que nosotras, que planteó una pregunta sobre la sensibilización de los Fieles ante esta tragedia. A varios nos llamó la atención su saber decir y, sobre todo, su paz al expresarse.
– Y la Rebe tuvo que acercársele, a la salida, para decirle: «No eres de esta Parroquia, ¿verdad?»
– Chica, a veces dudo de que mi madre me conozca mejor que tú, ¡lista! Sí, eso le pregunté. Y charlamos un poco. Es encantadora.
– Pero, ¡al grano, Rebe! ¿Por qué me cuentas esto? ¡Si tú conoces gente nueva casi a diario!
– ¡Ay, qué impaciente! Porque, al mencionarle la paz que irradia, me dijo que, quizá, era algo que se llevaba de la Vida Contemplativa.
– ¡Cómo es eso!
– Ana, estuvo cinco años con las Mikelinas, con las que llegó a emitir los Votos Temporales.
– Juniora.
– Pero, en el discernimiento conjunto, reconocieron Comunidad y ella que no se terminaba de ver que Dios la llamara en la Vida Contemplativa.
– ¡Qué duro!
– Sí, dice que hubo muchas lágrimas; no sólo suyas, sino también de la Maestra de Junioras, las Hermanas y la mismísima Superiora.
– ¡La Madre Catalina!
– Sin embargo, añadió con una sonrisa preciosa que cree que hicieron lo mejor y que es el día en que sigue visitando el Monasterio con cierta frecuencia y ayuda a la Comunidad en esas cosas para las que tan bien le viene el apoyo externo.
– ¿Cómo se llama?
– Lorena.
– No, no es ella.
– Su nombre de Religión era Euno…
– ¿Eunice?
– ¡Eso, Eunice!
– ¡Es la Juniora de la que me hablaron aquellas comadres!
– No sé si te entiendo…
– Nada, es igual…
– Se la veía que sabía de qué hablaba. Oyó que el clásico «enterao» había criticado el precio de los productos monásticos que ayudamos a vender y, enseguida, repuso que aquello venía a ser lo justo, vista la calidad de los ingredientes y de la presentación.
– Déjalo, Rebe. Me estás haciendo cargar con una sensación de infantilismo que no sé si me voy a poder quitar de encima.
– Tú sabrás, chica…  Bueno, ¿y qué tal «la experiencia»? ¡Que no cuentas nada!
Continuará…
Francisco Javier Rojas
Director del secretariado para los Monasterios de Clausura de la Diócesis de Bilbao
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