Resulta curioso que la Semana Santa tenga tal nombre. La santidad se tiende a relacionar con la alegría, y no parece ser ese el caso de la vida de Jesús en su última semana: augurios de muerte, traiciones, cobardía, incomprensión, miedo, dolor y sangre no evocan felicidad. Y, no obstante, es así. El pecado no tiene ni tendrá la palabra definitiva porque Jesús es la Palabra.

Ahí radica la fuerza de la Semana Santa y de la vida misma: Dios hace de lo malo una oportunidad para que salga algo bueno. La suciedad del pecado se convierte en estiércol fertilizante. No basta con limitarse a reconocer los propios pecados, hay que dárselos a Cristo para que Él saque de ellos algo valioso. Humildad, crecimiento, cambio, fe, esperanza, amor… Y no basta con una sola semana, hay que hacer de la Semana Santa una Vida Santa.

Ahora bien, llega la pregunta: ¿qué haré yo? El Señor me da todo lo necesario para hacer que brote una planta, pero quiere que sea yo quien lo haga. Y si doy el paso, si me atrevo a cuidar del esqueje, ¿no es un riesgo en realidad?, ¿y si muere la planta antes de madurar?, ¿y si me impaciento y la abandono? Nada hay que temer, la planta es agradecida y aprovecha cada uno de los nutrientes que le puedas dar.

Y así, un día, descubrirás no solo que, si alguna vez descuidabas la planta, el Padre  seguía mullendo, aireando y regando la tierra, sino que, además, las semillas que te dio no eran de una plantita, sino de un magnífico árbol frutal. Porque si bien es cierto que la vida es Semana Santa, no olvidemos que ésta, sin una gloriosa Pascua de Resurrección que aguarde, no tiene ningún sentido.

El seminario de Bilbao os desea

una cuidada y valiosa Semana Santa

y una Pascua fructífera y florida.

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