Un fin de semana que empezaba mi apostolado en la residencia de Sopuerta me llené de muchos temores e ilusión: la primera por no saber qué mismo hacer, cómo interactuar, qué actividades realizar para hacerles pasar bien; la segunda porque quería compartir y conocer más de ellos, conocer más del lugar, aprender de sus experiencias. Pero me di cuenta que en realidad yo no tenía que hacer casi nada, solo una cosa y comprendí que es la más importante ESTAR.

Al llegar al lugar todo lo que me había propuesto hacer quedó a un lado, porque me bastó saludar a uno para entender que lo que querían ellos es ser escuchados; me impresionaron las sonrisas que estaban reflejadas en sus rostros y el cariño tan grande que me brindaban, demostrándolo con el apretón de mano, el beso, el que te pidan que te sientes, se interesen por ti y tú por ellos y es lo que me propuse hacer en la hora y media que tenía para compartir, la cual se me hizo minuto y medio, por lo a gusto que estaba allí.

Mientras regresaba meditaba y ahora con esta situación lo he comprendido más, que así mismo está Dios esperando que le respondamos a esa pregunta que titula este artículo ¿quieres hablar conmigo? Que día a día nos la repite en nuestro corazón como en el texto del apocalipsis “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap. 3,20). Es lo que sentí con aquellas personas con las que compartía esa tarde, llamé a la puerta de la residencia y ellos me abrieron las puertas de su corazón; si ellos han hecho eso conmigo ¡cuánto más hará Dios por mí si abro mi puerta a su llamado! porque en el evangelio de san Juan ya lo dice «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna» (Juan 3, 14) ahora él solo está esperando nuestra respuesta perseverante por medio de la oración. Ahora que estamos en familia aprovechar para orar juntos, orar solos en la habitación, dedicar un lugar del hogar para Dios; solo es entrar en diálogo con el que nos ha amado primero.

La oración es respuesta de amor, un amor que invita a llamar, a pedir, confiar, a ESTAR con el amado como lo decía Santa Teresita del niño Jesús y eso implica permanecer cuando se es feliz, pero también cuando viene la turbulencia.


Marco Antonio Muñoz Castro. Seminarista de segunda fase. Estudiante de Teología.

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