Mi nombre es Imanol Atxalandabaso tengo cuarenta y siete años, soy licenciado en Ciencias Políticas y Sociología (Especialidad Ciencia Política) por la UPV; prácticamente, toda mi vida profesional la he desarrollado dentro del campo de la gestión deportiva y este es mi primer año en el Seminario.

En primer término, debo aclarar que la Llamada de Dios no ha sido de un día para otro, ni mucho menos. Ha sido algo reiterado en el tiempo, a lo que no he atendido o no he podido atender en su momento. En la infancia, en la adolescencia, al finalizar mis estudios universitarios… A lo largo de un tiempo, viví de una manera muy personal la fe; he pasado por periodos de mayor cercanía al Señor; pero, también, de menor. Nunca un alejamiento extraordinario ni definitivo, pero los altibajos han sido la tónica general.

Desde muy joven me vi comprometido con el mundo del fútbol, de forma que los últimos quince años los he vivido de manera profesional en el ámbito de la gestión deportiva. Un espacio en el que trabajé de manera incansable por contribuir a que otras personas fueran mejores, pero no sólo en la faceta estrictamente deportivo, sino, también, en el plano personal. Siempre me interesé por sus estudios, por sus avances profesionales y, por las dificultades que encontraron en el camino, con independencia del origen de las mismas. En el momento de decir adiós caí en la cuenta de la gran estima y consideración de la que era objeto y del hueco que les iba a dejar.

Me sentía como un privilegiado, puesto que trabajaba en algo que me gustaba hasta el punto de vivir absolutamente entregado a mi trabajo y, además, me pagaban. Era un puesto de trabajo de esos que se dice “para toda la vida”, de una gran seguridad personal y laboral.

Pero… un buen día, tras escuchar en la Misa dominical el célebre pasaje del Evangelio, en el que se constata la necesidad de enviar trabajadores a la mies, me formulo la pregunta de nuevo: ¿Y, por qué no yo? Me sentí interpelado, sentí que el Señor se dirigía a mí y que me llamaba por mi nombre.

Con el interrogante así formulado estuve viviendo un tiempo hasta que me decidí a contarle a un sacerdote lo que me ocurría. La respuesta que me dio es que me pusiera en manos del párroco de mi comunidad y que dejara obrar al Señor, pues nadie mejor que un cura para saber detectar esas variables que denotan la existencia de una verdadera vocación.

Tarde un año más en comentarlo con el párroco de mi comunidad, cuando fui dándome cuenta que ese servicio de ayuda a los demás, que estaba llevando a cabo en el mundo del deporte, bien podía trasladarlo a toda la sociedad por medio de la Iglesia.

… un mensaje que me mandó un buen amigo, un mensaje simple y lacónico, pero descriptivo y generalizable: “me sorprende, pero no me sorprende” …

A través de mi párroco, me puse en contacto con el Rector del Seminario, de manera que quedamos un día en la parroquia los tres. El Rector me emplazó a reunirme con él en su despacho, momento en el que me facilitó un calendario de entrevistas, lecturas y actividades a realizar.

Por otra parte, acudí el último fin de semana de cada mes durante todo el curso, con motivo del retiro que se llevaba a cabo en el propio Seminario, cuestión que me ayudó a profundizar en el discernimiento. Me invitaron en octubre a la peregrinación a Lourdes, lo que fue un descubrimiento, al sentirme reconfortado al ayudar a las personas enfermas en todo lo que pude ayudar y que estuvo al alcance de mi mano.

El curso fue avanzando poco a poco y coincidiendo con la Navidad caí en la cuenta de que me estaba gustando lo que estaba haciendo, por lo que decidí dejarlo todo en manos de Dios. Le comenté al rector que estaba dispuesto a dar el paso. A lo largo del año de discernimiento siempre me encontré con una pregunta en la cabeza: ¿Esto de ser sacerdote: es cosa mía – un capricho mío – o es, realmente, cosa del Señor? Dudas, un mar de dudas, no lo voy a negar, hasta que un día digo. “presente, hágase su voluntad”.

Hacia la Semana Santa es cuando comento en la empresa en la que trabajaba que me vayan buscando un sustituto, puesto que a la finalización de la temporada no iba a reincorporarme. Este proceder me ayudó a irme en paz y a transmitir los conocimientos precisos a otros compañeros de trabajo de forma ordenada y bien planificada.

Por otra parte, preparé a mi entorno familiar y amistades para comunicar la decisión. En la familia todos sintieron una gran alegría; y, entre mis amistades, entre quienes hay, creyentes y no creyentes, la respuesta fue más o menos la misma: una dosis de incredulidad, de perplejidad, pero simultáneamente de saludable aceptación, sirva como ejemplo un mensaje que me mandó un buen amigo, un mensaje simple y lacónico, pero descriptivo y generalizable: “me sorprende, pero no me sorprende”. Con mis amigos no me dio tiempo a gestionar acertadamente la comunicación de mi decisión, pues muchos de ellos no se enteraron por mi directamente; pero, como les he comentado después, no iba a dar una rueda de prensa.

Y así las cosas, aquí estamos. Que sea lo que dicte el Señor, a quien siempre daré las gracias por las personas que ha puesto en mi camino, pues me han ayudado de manera decisiva a seguirle de manera incondicional e incondicionada.


Imanol AtxalandabasoImanol Atxalandabaso
Seminarista Diocesano de Bilbao
1º Filosofía (I Fase)

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