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El pasado domingo 21 de febrero, como es costumbre, celebramos en la catedral la Eucaristía por las vocaciones con un momento de oración ante el Santísimo. Este domingo la intención estaba puesta en la vocación evangelizadora.

Celebramos el segundo domingo de Cuaresma y en el evangelio leíamos cómo Pedro sugería a Jesús construir tres tiendas. Sin embargo, Él no le responde que lo haga: les acompaña a los tres a bajar de la montaña. Esta escena es un ejemplo claro de lo que es en realidad la evangelización: trasmitir a Jesucristo. En el Tabor, los tres apóstoles experimentan un encuentro gozoso con su Maestro y no se lo guardan para ellos: lo trasmiten, lo comparten. Es por ello que todos estamos llamados a la tarea evangelizadora, primeramente por el anuncio directo del Evangelio con todos los medios a nuestro alcance. En un segundo lugar, el anuncio y la palabra han de ir acompañados con el testimonio de la vida y de los signos, es decir, con el compromiso de los cristianos por la promoción humana desde su dignidad de persona a su condición de hijos de Dios y hermanos de los demás.

Jesús anuncia, ante todo, un reino: el Reino de Dios. La Iglesia nace de la misión evangelizadora de Jesús y de los doce. Nacida de la misión de Jesucristo, la Iglesia es a su vez, enviada por Él: “como el Padre me envió a mí al mundo, así os envío yo también al mundo” y también: “Id al mundo entero a anunciar la Buena Noticia”. La Iglesia es enviada al mundo para evangelizar a todos los hombres.

La tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de toda la Iglesia, misión y tarea que los cambios amplios y profundos de la sociedad actual hacen cada vez más urgente.

La evangelización no es algo añadido, algo secundario y facultativo. El envío de Jesús a evangelizar no va dirigido sólo a los apóstoles, sino a todos sus discípulos que por el bautismo han sido incorporados al cuerpo de Cristo que es la Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios. Es por ello, que es muy necesaria y urgente una verdadera corresponsabilidad en la misión evangelizadora, respetando los distintos dones y carismas de cada uno.

En definitiva, la Evangelización da a conocer a Jesús como el Señor, que nos revela al Padre y nos comunica su Espíritu. Nos llama a la conversión que es reconciliación y vida nueva, nos lleva a la comunión con el Padre que nos hace hijos y hermanos. Hace brotar, por la caridad derramada en nuestros corazones, frutos de justicia, de perdón, de respeto, de dignidad y de paz en el mundo.


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Borja Uriarte
Seminarista Diocesano de Bilbao
1º Licenciatura en Teología Fundamental (III Fase)

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